miércoles 25 de noviembre de 2009

El Faro

La bruma subió hasta la cima de la montaña. La luz del faro sale en ráfagas fosforescentes, temblorosas. El grito de los halcones extraviados en el aire neblinoso me picotea el oído. Voy tal vez por un sendero equívoco, extiendo mi mano y sólo tiento el aire denso, como una masa que se unta a mi cuerpo. Como polvo de carbón, una pregunta sin respuesta, la mirada intensa de un ciego que anhela ver las nubes violetas y moradas de los atardeceres de este viejo mar. Tú no estás, no te encuentro, como si el dragón de la noche te hubiera devorado, el silencio de los viejos que miran por la ventana, como la alacena vacía. Me comprometí a ofrendar mi vida por ti si era necesario. No sé si a esto se le llame amor, pero estoy dispuesto a matar a hombre o mujer, hundir el puñal en cualquier vientre, desbaratar un rostro con perdigones. Pero en esta penumbra húmeda sólo me llegan los enérgicos aleteos de los halcones que vuelan enloquecidos y alguno ha rozado mi sombrero de fieltro, como vueltos murciélagos enormes, flechas con alas, el veneno en el café antes de bebérmelo.
Sube también el sonido gutural y agónico del mar que se recarga contra los riscos, de seguro lamiendo con desesperación la arena gruesa, con una sed planetaria, con el deseo inútil de meterse en las casas por las rendijas de las puertas, arrastrase hasta las recámaras y acurrucarse junto a los zapatos y la ropa desperdigada, entre los juguetes de los niños. En la falda de la montaña encontré una de tus sandalias, doncella mía, como hallar uno de tus rizos, la fotografía que te tomé en el templo abandonado, el perico cuello amarillo que tomó su libertad, el mañoso, dejando el eco hueco de su habla en la jaula; no sé si el viento te llevó, si el filo de las rocas te acuchilló, o si las hienas han hecho su comida de tu pálida carne. Escucho un aleteo fuerte, de alas perturbadas, y se estrella contra mi sombrero, el de fieltro, el café, el que me regalaste, el que sólo me ponía los domingos, apenas escucho que rueda hacia la distante falda de la montaña. Caigo de espaldas y una saliente filosa se hunde entre mis costillas; giro para deshacerme del puñal de piedra, mi espalda derrama la tibieza de mi sangre hacia mi costado. Quiero respirar y me ahogo en cada intento hasta que consigo una inhalación breve y otra más. Intento incorporarme, resbalo, quedo tendido sobre el sendero no sé si equivocado, o el que me llevará hasta el faro o al precipicio; quedo tendido hacia abajo, hacia el viejo pueblo. Desde aquí veo el faro y su lumbre parpadear, como un ojo incendiado que alumbra la nada, la cólera de un dios tuerto, el cañón de una nave desesperada. Los barcos se han detenido en puntos equidistantes, esperando el amanecer, me dijo Aurelio, el del bar.
Pienso en los carretes de hilos sepias y naranjas del chaleco que me estabas tejiendo, el sonido de la cafetera borboteando café amargo, como nos gusta, el cuadro de las amapolas, el que pintó Renato; pienso en las sábanas azul oscuro y uno de tus pies de fuera, los almohadones azul profundo y tu cabellera rubia sobre ellos, las cortinas blancas, deshiladas, la noche en que te quedaste dormida contra tu mesa de trabajo y se paró en tu brazo una catarina verde. Pienso en mi mano sobre tu vientre como una mariposa trigueña sobre el mantel blanco, el de los festejos, un guante calloso raspando madera sin peso, la ternura torpe de unos dedos de corteza.
Ahora puedo respirar mejor, pero se me acaban de ir ya las fuerzas para levantarme. La sangre me ha entibiado las piernas, la espalda, los cabellos. En este aire frío de puntas de alfileres, estalactitas de hielo como punzones chinos para despegar las uñas, la tibieza es un alivio. Te dije, me comprometí, a morir a tu nombre, doncella mía. Tal vez tú estés protegida en el faro que apenas vislumbro. El primer halcón percibe mi sangre, baja en picada como murciélago hambriento, se encaja en mi abdomen, picotea varias veces y cobra vuelo. Apenas percibí su ansiedad devorando parte de mis entrañas. Pienso en mis chanclas de rayas cafés y naranjas, junto a las tuyas, las de tela ocre, en el gato amarillo de madera, de cuyas manos brota un caña de pescar y un pez se agita ante sus bigotes, el gato que te traje de Turquía, junto con aquel vestido de tono canela y los collares maples y turquesas. Escucho, no tan distantes, los aleteos severos de los halcones que se acercan en grupo. Te lo prometí y debido a ello silencio mi dolor. Los pescadores decían que a esta montaña vinieron a sufrir los enamorados en la antigüedad. Eso mismo dirán dentro de dos siglos, sin recordar tu nombre ni el mío. Los halcones ya están muy cerca; deseo que te encuentres en el faro, que tus mejillas encendidas sigan en su calidez, aquí tengo una de tus sandalias. Mañana, cuando bajes, espero que encuentres mi cadáver y te la pongas. Estoy seguro de que no te importará que esté machada como jitomate podrido, pañoleta de humedades cárdenas, mi última carta, a tus pies. Parece que el faro ha perdido su fuego. Los halcones se picotean unos a otros para obtener un poco de lo que fue tuyo.

martes 17 de noviembre de 2009

Infiel con gorda y un puro

Intrigante, el hombre tenía preparada la escuadra 38 bajo la mesa. Cortó cartucho, sacó la mano para meterle dos tiros a la infiel. En ese instante, el mesero colocaba la taza de café ante el hombre, en cuya mano se derramó el líquido hirviente, haciéndole subir la pistola, la cual disparó ambos tiros. Uno dio en el pecho del capitán de meseros, quien salpicó de púrpura la cara de la infiel y las solapas grises del amante; el segundo tiro atravesó el cuello de una mujer norteamericana demasiado gorda, tan obesa que estaba sentada en dos sillas antes de que se hundiera su cara rechoncha en un cerro de wafles con mermelada y media barra de mantequilla que se desparramaba hacia los costados de los wafles, lo mismo que sucedió con la sangre. Con un ardor de los mil diablos, el hombre volvió a meter la mano bajo la mesa, soltando la pistola pero recogiéndola de inmediato y mirando hacia todos lados. Tal vez en el siguiente intento no le llevaran café y no hubiera capitán de meseros. La verdad, pensó, la gorda lo tenía sin cuidado. La infiel siguió siendo infiel pero ahora manchada de rojo en las mejillas y en una oreja. Quien la acompañaba encendió un puro por puro gusto. La música del restaurante La Bombilla es demasiado decadente, mi amor, dijo la infiel, Mientras, un perfecto aro de humo que había lanzado el amante subió hacia las candilejas. El hombre volvió a cortar cartucho bajo la mesa; el mesero venía con un consomé de pollo hirviendo.

miércoles 11 de noviembre de 2009

El mar negro

Clavado en un bar
Maná

Todo pasa tan de prisa en estas calles. Trotando a buen tranco, un caballo sepia entra en un edificio; detrás de él se introducen un tropel de hombres de portafolios. Escucho el sonido de una motocicleta pero no alcanzo a ver cuando ya se perdió a la vuelta de la esquina. Una mujer de vestido azul cobalto y piernas largas pasa rápido a mi lado y sus ojos castaños no miran que la miro; su bolso se balancea como el péndulo de un reloj que marca segundos de urgencia. Un perro buldog persigue a un gato siamés y se estrellan en el puesto de hot dogs, donde los empleados de telégrafos devoran su pieza de dos mordidas, pagan, se van y no se limpian la mostaza. Cuánto tiempo sin vernos a la cara, siento que un día te fuiste a Oceanía hace dos años. A alguien se le ha caído un violonchelo desde el séptimo piso y las cuerdas se enredan en mi zapato izquierdo, con el que empecé a pisar este día. Me sacudo las cuerdas, caen junto a una coladera y dos ratas del tamaño de un gato se las llevan a la cañería. Quizá estén formando un conjunto líquido de jazz o las cuerdas serán el instrumento con que degüellen a los caimanes que habitan el drenaje profundo desde que los expulsaron de los pantanos. Va tan rápido el ciclista que sólo alcanzo a ver un rayón amarillo y naranja que pasa entre dos transeúntes de sombrero gris, quienes de inmediato se pierden tras un poste. A tu casa yo fui, me abrió la puerta una mujer ciega; me dijo que no te había visto, que hablara más alto porque no me escuchaba; alcancé a distinguir que la sala color arena de playa ya no estaba. Al salir del viejo edificio, me doy cuenta de que no sé vivir sin ti, creí que iba hacia el sur pero luego me di cuenta de que había llegado al poniente en el momento en que la tarde comenzaba a agonizar. Todo pasa tan de prisa en estas calles y también en estos cielos. Quizá el péndulo de la mujer del vestido cobalto aceleró su bamboleo. En el rumbo poniente que sigo, todavía pensando en que voy hacia el sur, caigo en cuenta de que es más fácil llegar al sol sanguinolento que a tu corazón. Tres rinocerontes rebasan a un largo transporte colectivo; no le hacen caso al vigilante que pita su silbato a ritmo de son veracruzano. Sólo falta el arpa, tal vez porque suena demasiado frágil ante los golpes de los cuervos que se estrellan en el muro donde se anuncia la última película de Batman. No sé si es mejor morirme de amor, no sé, le pregunto a un policía turístico bilingüe, pero como responde en japonés y no le entiendo. Cuanto tiempo sin vernos a la cara, pienso para que el policía no me dé otra opinión de grafías que se estampen en el papel de arroz de mis emociones. Sí, yo creo que es mejor morirme de amor, eso creo. A la velocidad del rayo se para junto a mí un potro negro, lo monto antes de que el péndulo lo apague. Creo que llegaré más fácilmente al sol, pero la tarde ha cedido su lugar a una noche tórrida, el aguacero cae sin miramientos y la granizada rompe mis lentes. El caballo no se detiene, se pasa las luces rojas que apenas distingo. Saco mis lentes metálico de repuesto y veo que subimos la montaña sin árboles por el carril de alta velocidad, la bajamos con la misma premura, su patas se un hunden en la arena de una playa mugrosa, saltan goterones de agua oscura. Allí nos perdemos hasta que arribamos al Mar Negro y nos ahogamos. Caray, todo pasa tan de prisa en estas calles. Los tiburones van con tanta urgencia hacia ningún lado que no devoran mi carne aún degustable. Sorprendido, veo que una mantarraya viene buceando con tal parsimonia y lentitud que no sé si estoy soñando o de verdad soy el escritor ahogado. El caso es que las alas de ese animal tan águila planeando a contracorriente, tan sábana café con leche abriéndose como el abanico para cuarenta mujeres acaloradas, tan campante como si nada, llega junto a mí, me abraza, me envuelve, me da tibieza, me amamanta, es decir me amamantarraya tanto, que olvido que a tu casa yo fui. Ahora sé que morir de amor no s tan difícil ni tan terrible, como la niña de Guatemala y dejo que las cobijas que me cubren en el fango de este mar me asfixien.