viernes, 5 de octubre de 2012

La letra que perdió su nombre


De la polvareda de los días van surgiendo los caballos, sacudiéndose las crines lamosas. Ese humo fiel que van atravesando, como última niebla, se levanta del desierto de la desmemoria.

Así los he entrevisto en la añoranza, cuando el lechero le servía la leche a mi abuela desde botes de metal, en tanto el caballo miraba los automóviles de salpicaderas enormes de los años cincuenta. Pero tal vez sea un desconsuelo antiguo el que me empuja, antes de los caballos, surgiendo del ensueño, a punto de asomar la cabeza en la tolvanera, galopando, firmes, sin nombre, rotundos, sin prisa, como si sus cascos fueran una certeza del camino donde saltan piedrecillas a su paso, su destino en la ausencia de jinetes.

Tal vez sean potros educados más allá del humo, sin reparos ni relinchos, un galopar silencioso, como un documental de Discovery Chanel sin música, sin locutor, sin Discovery Chanel, discretos, la figura alargada un tanto, intuyendo la impaciencia, el sueño que los sueña, pero dignos. La crin relamida por el ventarrón histórico, al encuentro de un aire misterioso, viento de temporalidad que horadan a fin de abrir camino solitario que se cerrará de golpe apenas lo abran sus piernas sudorosas.

Quizá por ello los territorios que van dejando atrás se me ocultan. ¿Vienen de pueblos de magia, ritual, adivinación, azar, de lo embozado, o son solamente indicios de lo recóndito? Tal vez esto explique que medio cuerpo se vaya ocultando, como si galoparan, briosos, ante mi deseo y mis conjeturas, mi ridícula vergüenza. El caso es que, desde mi ventana oval de mi torreta, sólo puedo ver el instante de la niebla que transitan hacia mi territorio, pero detenidos, como caballos de madera. Quizá nunca llegue mi caballero. Desde aquí no distingo sus razas ni sus cabezas tamizadas por el polvo. Tal vez si me acuesto en la cama matrimonial y sueño con ellos, logren pasar el muro de la tolvanera de estos siglos.

jueves, 27 de septiembre de 2012

púrpura transparencia con horizonte sombrío

en la noche agraviada por las sombras mobiliarias de la factoría zaherido, sólo un manchón rojizo atravesaba la niebla de mis ojos insomnes, casi un bosquejo escarlata, rubí oscuro, próximo a lo sanguíneo, tal vez el encrespado bonsái púrpura de tu cabellera recargada en el almohadón aquel de lienzo gris que trajimos del último viaje al sur, por la ventana amplia un amarilloso resplandor del horizonte accidentado de la ciudad donde nos prometimos fenecer, mi cuerpo extendido sobre el mosaico pinto de los cuarenta, el improvisado cojín horrendo de flores verduscas y nochebuenas, una burla para el tornado de mi mente en el que giraban, aturdidas y pasmadas vacas, techos de lámina de casas débiles, ramas de jacarandas que sus dueños ya añoraban, banderas arrancadas del mapamundi revoloteando, tierra que se mezclaba con el granizo y el agua, farolas apagadas, perros que habían extraviado su ladrar, libros deshojados de fracasadas filosofías, sobrevolando cortinas de lino sepia ensangrentadas, cajones de archiveros descorridos con brazos amputados, bisoñés de calvos vergonzantes en su navegación violenta, ya hecho el lodazal macilento girando en la médula de mi tórax, y de pronto el batir de colosales alas de un águila blanca, el sonido distante del mar tropezando ligero con el acantilado, un aire fresco que cubrió mi cara ansiosa, un olor salino como brotado de la entraña arcaica de un caracol petrificado, en la prieta noche sobre la luz amarillosa del horizonte se mostró el filo curvo de la luna, el águila real fue expatriando con severidad el tornado, el manchón rojizo se hizo nítido sobre la almohada gris, tus ojos náuticos lloraban una infusión de dolores antiguos, una pintura mía y una café oscuro comprada te miraban con desconsuelo, se lamían una a la otra en las orejas, en el cuello, en sus espaldas, mis ojos fueron entrando en una negrura de finitud, tus párpados cayeron como breves conchas agotadas, un agua vidriosa caía de los muros de la factoría y de tu recámara, caballos de mar jinetearon sobre tus cabellos, yo no supe cuándo el águila real despedazó la ventana amplia porque en mi sueño vi una tropa de dorados peces voladores, que iban saltando tras un pez espada y, ya muy cerca, se aproximaba una canoa desde la que un delgadísimo hombre requemado me lanzó una amarra y al fin mi mano la sujetó mientras tu cara esbozaba una media sonrisa como si los estambres del calamar sereno en tu dormitación te tatuara sobre un muslo mi nombre que siempre olvidaste como mi aliento como mi palabrerío, el sonido del fluir del agua fue creciendo, las cosas metálicas se hicieron de hogaza, un silencio calmo se expandió en mi ánima, sólo el inaudible silbo de un ave traslúcida me amparaba, la limpidez del vacío esfumó los colores umbríos de mi entorno y, en tanto el cosmos empezaba una fecha nueva, yo iba ya en la canoa y no supe más, mientras el hombre requemado tarareaba una leve canción del puerto más viejo de este lado del mundo

viernes, 7 de septiembre de 2012

El problema de los peluqueros en el DF

Con el subsidio que el Gobierno del Distrito Federal les da a los peluqueros de la ciudad es imposible cortarle el cabello a todos los hombres. Por esto, con el paso del tiempo, algunos caballeros parecen hipies aunque sean personas recatadas y escuchen a los Bee Gees y, de cualquier manera, los corren de sus trabajos, en especial de los bancos y de las agencias aseguradoras, aunque ellos demuestren su buen récord en la empresa.

A otros sólo les alcanzan a cortar la mitad del cabello de la parte de abajo y recuerdan la época de Robin Hood; pero si les cortan la mitad de izquierda a derecha o a la inversa, la gente cree que van hacia un concierto de rock negro o que ellos mismos forman parte del algún grupo musical darck.

Otro problema que enfrentan los peluqueros es que a los bustos, las estatuas y a las esculturas, les ha ido creciendo el cabello de piedra y de metal de forma desproporcionada, en especial al Cura Hidalgo y a José Ma. Morelos y Pavón, cuyo paliacate se le cayó y nadie quiere devolverlo. Con los toreros es peor, ya que hay ocasiones en que se enredan con su propio pelo y el toro aprovecha para cornarlos; las plazas de la tauromaquia se han ido llenando como circo romano.

Lo más curioso de todo es que los leones del parque de Chapultepec se han ido quedando calvos y todo mundo supone que ha empezado la rebelión de los peluqueros ya que, hoy en día, por más que lo intenten, no pueden hacer ningún corte de pelo ni con una pizca de arte. Y, aunque los caballeros los tomen como “oficiantes”, en rigor son artistas.

Por otro lado, la mayoría de los hombres han empezado a manifestarse en contra del Gobierno y no sólo del de el DF, sino en general, de una frontera a otra y de un océano al otro, ya que todos, pero en absoluto todos, los políticos andan muy bien peluqueados y lo mismo sucede con sus choferes, lo cual es la ofensa mayor para la hombría de la República.

Los que tienen la fortuna de tener esposa, hermana o madre que tengan habilidades de estilistas salen del problema. Otros han optado por rasurarse toda la cabeza y el país se está llenado de pelones, como si todo mundo se hubiera escapado de algún hospital psiquiátrico. Los pelones tienen la desventaja de que, al intentar atraer a una mujer, con sólo ver la pelona, aunque los hombres tengan ojos azules o verdes, las mujeres lo piensan más de dos veces para aceptar a salir con el pelón en turno. Los que ya eran calvos de por sí están muy contentos, ya que sienten una especie de venganza ante los pelones. Y, en rigor, no se ha visto a ningún calvo en las manifestaciones callejeras que se han ido incrementando día con día.

Los líderes pelones y los de los peluqueros consideran que, más menos, el próximo 2 de octubre estallará la revolución, como sucedió en Portugal con la revolución de los claveles rojos en la boca. Suponen que parte del ejército se pasará de su lado, no como en el movimiento estudiantil de 1968, que actuaron en bloque contra los indemnes estudiantes, ya que todos pero todos los soldados están pelones o semipelones, lo cual es un gran ventaja para la toma del poder.

Desde luego, el mejor peluquero, o estilista de México, será el primer presidente auténtico de la Nación; las demás carteras se repartirán entre pelones, peluqueros y soldados (de sargento para bajo). Esta confederación citará a elecciones en su momento y, desde luego, están incluidas las mujeres pelonas o de casquete corto, por aquello de la igualdad de géneros. Esperemos que quien tenga el paliacate de José Ma. Morelos y Pavón lo devuelva a la cabeza ad hoc, pues la escultura se ve muy gacha así, nada más, con la pura pelona de uno de nuestro máximos héroes y, por favor, no traten de cortarle el cabello a Iturbide que, de cualquier manera, fue nuestro primer Rey Mexicano. En su país, España, a Juana La Loca la representan como fue, como Loca; sería un despropósito que la representaran como Juana La Cuerda.

Miremos un poco su carrera política: Juana I de Castilla, conocida como “Juana La Loca” (Toledo, 6 de noviembre de 1479 – Tordesillas, 12 de abril de 1555), fue reina de Castilla de 1504 a 1555. Antes fue infanta de Castilla y Aragón, luego archiduquesa de Austria, duquesa de Borgoña y Brabante y condesa de Flandes. Al final, reina propietaria de Castilla y León, Galicia, Granada, Sevilla, Murcia y Jaén, Gibraltar, las islas Canarias y las Indias Occidentales (1504–1555), de Navarra (1515–1555) y de Aragón, de Nápoles y Sicilia (1516–1555), además de otros títulos como condesa de Barcelona y señora de Vizcaya, títulos heredados tras la muerte de sus padres, con lo cual unió en definitiva las coronas que conformaron España a partir del 25 de enero de 1516, convirtiéndose así en la primera reina de España junto con su hijo Carlos I.

En los últimos años, a la enfermedad mental se unía la física, teniendo grandes dificultades para caminar. Entonces, volvió a hablarse de su indiferencia religiosa, llegándose incluso a exponer que podía estar endemoniada.

Como se puede advertir y cotejar en la Wikipedia electrónica, con tantos nombramientos, enigmas, problemas, nominaciones, dificultades, incógnitas, llamamientos, inconvenientes, misterios, investiduras, molestias, secretos, responsabilidades, diplomas, trabas, acertijos, certificados, apuros, charadas, despachos, dilemas, conflictos, logogrifos, cédulas, teoremas, incertidumbres, ambigüedades y, por consecuencia, diversidad de viajes, reuniones, guerras en el extranjero, en su entorno territorial y firma de cientos de miles de documentos, cómo no se iba a volver loca, dígame usted, señor Pérez. Incluso, el lector póngase en su lugar y evaluará si podría mantener la cordura en tales circunstancias.

Además, posar para decenas de pintores, lo cual la ponía en extremo nerviosa, ya que había algunos artistas que tardaban meses en retratarla (con pintura, desde luego; todavía no aparecía la Kodak). O sea, con tanto ir y venir, subir y bajar, quedarse y viajar, vestirse y desvestirse en ocasiones 20 veces al día, escuchar a religiosos de una tendencia y a otros más que sumaban unas 143 tendencias, las intrigas, las mentiras, las verdades a medias, las verdades exageradas. Es decir, hasta el momento, la Historia no se ha parado a preguntarse si una mujer como ella, Juana I de Castilla (o hasta hombre u homosexual), ¿no se hubiera vuelto loca con tal cantidad de sucesos semejantes a un océano en permanente tempestad?

Antes de la muerte de la llamada Juana La Loca (y que no nos mientan; así murió: loca y endemoniada; los datos aquí reunidos no pueden indicar lo contrario), la visitó, por segunda ocasión, san Francisco de Borja (que en aquel momento no era santo y que, en la primera visita, unos tres meses atrás, habló de “demonismo” en Juana) y lo hizo tan bien, que incluso se afirmó que la reina había recuperado la razón (¿¿¿usted lo cree, señor Pérez???), por haber encontrado —dice Francisco de Borja— «muy diferente sentido en las cosas de Dios del que hasta allí se había conocido en su Alteza». Ella, la pobre, falleció a los 76 años; si hubiera vivido hasta los 40, edad promedio en su época, quizá no hubiera enloquecido.

En este derrotero, decíamos, debemos representar a Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu como en el Rey que fue primero y no al equívoco Iturbide que regresó a México después para rescatar su título y su posición cuando para él los aires habían cambiado y se habían convertido en Vientos Huracanados, que es probable que sea lo que le haya sucedido a Morelos y Pavón con su paliacate, es decir que un Viento Huracanado se lo llevó y alguien lo recogió como cualquier paliacate. Por otro lado, y eso es lo que se ha omitido respecto de los peluqueros y de los mexicas de la época de la Independencia: que lo que deseaban para gobernar a México era un Rey mexicano. Su mentalidad estaba, como dicen los investigadores clandestinos, contextualizada en tales parámetros y, de pronto, les imponen a un “Presidente” de forma, por lo tanto, “descontextualizada”. Y que nos contradiga san Francisco de Borja, que está en los cielos y todo lo ve.

Por todo lo antes dicho, incluida lo de Juana La Loca e Iturbide, llamar a la conformación de un Gobierno Provisional de Pelones, Peluqueros y Soldados (de cabo para abajo), el próximo 2 de octubre es la línea más pertinente, cuidándonos de no “paradigmatizar” nuestras palabras ni nuestra presencia en campaña como lo hacen los candidatos de todos las asociaciones políticas de este territorio que todavía se llama República Mexicana, si es que los gabachos no dicen otra cosa antes del 2 de octubre.

¡Vivan los cortes de pelo bien elaborados!
¡Vivan los leones de Chapultepec!
¡Viva el paliacate de Morelos!

martes, 22 de mayo de 2012

Fuera del ring


Rodolfo entró en la cantina, no preguntó por nadie; sólo se quedó parado frente a la barra. En el rincón opuesto, en la penúltima mesa, estaban dos hombres: su mánager y un joven. Rodolfo pidió una cerveza, pagó de inmediato y, al apurar el vaso, algunas gotas mancharon su corbata de flores guindas y sepias. En el espejo buscó su cara, un tic en el ojo izquierdo se generó al no encontrar huella de sus facciones. Sólo se reflejaban en el espejo la parte sin etiqueta de las botellas; se limpió la boca con el antebrazo y esta vez manchó la manga de su traje de lino beige.

El mánager lo saludó levantando su vaso, el joven le sonrió de manera afectuosa. Rodolfo no contestó el saludo de ninguno; siguió parado delante de la barra, flexionó una pierna para apoyar su zapato café en el tubo. Al tomar otra cerveza insistió en encontrarse con su cara; en tic fue más pronunciado al notar que la nuca del cantinero sí estaba dentro del espejo. Levantó un brazo como para acomodarse la camisa amarilla fuera del saco y comprobó que ni siquiera el brazo se reflejaba.

En su mesa, se preparó una cuba de ron Castillo. Masticó unos cacahuates.

--Se me hace que Rodolfo ya leyó las últimas noticias –dijo, señalando un diario en que el mánager recargaba el codo.

--Trae una cara de loco que no puede con ella –dijo el mánager.

--Ni nos saludo, debe andar encabronadísimo –dijo el joven.

--No me extraña, a ver cómo me lo toreo –dijo el mánager.

Rodolfo caminó hasta la penúltima mesa y, rascándose la oreja con el meñique,

--Tiene usted muy poca madre –dijo.

El mánager quiso decir algo --, manito –dijo el joven— qué te pasa.

--Tú sabes que los periódicos nunca dicen la verdad –dijo el mánager.

--Tiene usted muy poca madre –insistió Rodolfo, queriendo agregar alguna inmundicia, pero las palabras se atoraron entre sus dientes.

--Conque me le salí del guacal, ¿no?.

A cantina quedó en silencio, el ruido de un escape y la música de un organillero entraron de la avenida Guerrero. Rodolfo tomó de la solapa al mánager, lo sacudió cuatro o cinco veces y, al soltarlo el mánager fue a caer debajo de la última mesa, tirando el cenicero y los vasos que sobre ella estaban. El joven intentó detener a Rodolfo, pero éste, de un manotazo, lo aventó hasta la pared.

--Conque usted no sabía nada de nada.

--Rodolfo –gritó el joven al descubrir que Rodolfo sacaba un bóxer de la bolsa del saco, colocándoselo entre los dedos.

El mánager intentaba incorporarse cuando Rodolfo tiró el primer golpe, el mánager volvió a caer mientras una gruesa mancha de sangre aparecía debajo de oreja. Con esa manía tan conocida en él, Rodolfo levantó los puños a la altura de los pómulos. Al restregarse la cara con la mano izquierda no sintió la nariz; después intentó tocarse los labios, pero tampoco descubrió la boca: miró a su alrededor como buscando una respuesta. El mánager, debajo de la última mesa, sale, se pone de rodillas, saca una pistola y dispara cuatro veces contra el pecho de Rodolfo.

jueves, 3 de mayo de 2012

El secreto


Los secretos no se dicen, afirma María Zambrano. Si se dice, no es secreto; cobra la forma de rumor o chisme. No esperes que el hombre que toma la palabra, en la tribuna o en torno de los comensales, revele algún secreto. Ni en la plática íntima con una amistad, ni al hermano, ni al padre. Woody Allen comentó que los secretos se dicen sólo en el psicoanálisis. Del comentario de Allen se implica que las disciplinas de la catarsis verbalizadora, oriental o de Occidente, se encuentran en la posición existencial de manifestar los secretos últimos de mujeres y hombres.

Sin embargo, las palabras así vertidas no trascienden, por decirlo así, su ámbito sagrado, hermético y vuelven a su cualidad de secreto. La colectividad se encuentra ayuna de éste e, incluso, ajena a la realidad del secreto. Pero la misma Zambrano explica la manera de hacerlo: los secretos se escriben, se narran. Con ello muestra una de las causas de la prosa literaria: se narra un secreto para la comunidad, para los lectores. La Carta al padre de Kafka y el De profundis de Wilde revelan secretos: la relación nefasta padre-hijo en Kafka y la añoranza y el amor homosexual en Wilde.

La estructura del secreto es compleja. Por lo regular hay varias personas en torno a él, un acontecimiento y un significado innombrables; es probable que detrás del acontecimiento exista una historia, o varias, intereses, espacio, atmósferas, olores. Quiero decir que el secreto es un núcleo de fuerzas expresivas cuyo mejor camino de salida es la narratividad. Si el secreto implica un hecho solo, el cuento y el ensayo son sus géneros literarios pertinentes; si se encuentran imbricadas varias historias, la ruta puede ser la noveleta o la novela. Y no importa que alguno de estos géneros cobre forma epistolar. De profundis tiene este tono, pero Carta al padre es ensayística.

Tribulaciones del estudiante Törles, la gran novela de Robert Musil, es uno de los testimonios portentosos de un secreto: un rito execrable de iniciación en la adolescencia. En otra gran novela, La campana de cristal, de Sylvia Plath ofrece el secreto de la destrucción cotidiana, paulatina, fatal, de una jovencita universitaria. Los siete locos, la excelente novela de Roberto Arlt, revela el secreto de un grupo de soñadores fracasados: la vergüenza de lo inútil; Aura, la noveleta brillante de Carlos Fuentes: la tran-sustanciación perversa. El guardagujas, uno de los mejores cuentos de Juan José Arreola: el abandono del hombre en lo inmemorial.

El análisis sustenta, pues, la idea de María Zambrano, pero el asunto de lo secreto es sólo una parte de lo innombrable. Hay sustancias que se encuentran por debajo de lo secreto, sucesos desapercibidos, inconscientes, severas emociones desconocidas, ideas sin posibilidad de comprobación, cuya sustancia sucede, en la mayoría de los casos, en silencio. En este caso, como también lo expresa la Zambrano, la poesía es capaz de atrapar sustancias inasibles, ya que la imagen poética puede nombrar lo huidizo (el tiempo, por ejemplo), lo ambiguo, los fluidos abstractos. Es verdad que sólo se trata de una metáfora, una alegoría, o una parábola de lo innombrable, pero es su mayor acercamiento. Muerte sin fin, de José Gorostiza, logra transmitir el vértigo de lo infinito. Algo sobre la muerte del mayor Sabines, de Jaime Sabines, nos hace presente la muerte, como si estuviera a punto de tocar tu puerta.

Quien en este siglo se ha acercado con mayor fuerza a lo innombrable es Samuel Beckett. Lo innombrable tiene todavía otra sustancia debajo de lo huidizo. Un personaje de Beckett espera, aguarda, y sólo aguarda, espera. La pregunta ¿por qué espera? es impertinente porque, con la respuesta, se haría un círculo vicioso: espera porque espera. Pero, por qué espera. Porque espera. Otro personaje no sabe dónde, o cuándo. Y no hay más allá: su situación existencial es no saber dónde, o cuándo. Estamos, en definitivo, ante una opacidad donde lo innombrable no puede hacerse presente. Es el rostro oscuro del significado, la imposibilidad de su función. O como lo diría el protagonista de El innombrable, de Beckett: “Puesto que no se sabe de qué se habla y no cabe detenerse a reflexionar en ello, felizmente, felizmente...” El secreto se escribe; la sustancia última de lo innombrable, el no. Vuelta al silencio, al secreto.