lunes, 13 de julio de 2009

La Vaquita

Cuando, en la delegación de policía, me introduje en la cola de los no tan malos, el compañero que estaba detrás de mí se enojó porque me metía a la fila como si estuviera haciendo cola para el cine y no para la cárcel; le dije unas mentadas de madre y se calmó, quizá temiendo que se estaba enfrentando con uno de los más malos-malos. La cola fue avanzando más o menos rápido tal vez porque el turno de los administradores se estaba acabando o porque tenían prisa para mandarnos a chirona.
Finalmente, llegué ante el escribano y cuando le di mis dos nombres y mis dos apellidos, consultó un documento y me preguntó que si no era yo de los que iban en el carro con propaganda; le respondí que había sido una confusión, ya aclarada, en tanto que una camionetita que venía detrás de nosotros era la que portaba octavillas (se me quedó mirando como si le hubiera dicho “cocodrilos”) que un policía había lanzado al aire y que de todas maneras nos tundieron a nosotros (esto último lo agregué porque me miraba los madrazos en la cara y la sangre en la ropa) y que yo estaba limpio. En fin, escribió lo que le dije y me hizo pasar al otro lado, donde estaba un montonal de gente, tal vez unos 600, entre mujeres y hombres.
Me di una vuelta entre el gentío y noté que algunos (as) estaban más golpeados que yo y otros no tenían ningún rasguño; o sea, del violeta al blanco. También andaban por ahí algunos tipos de trajecito de padrotes, hablando bajita la mano con alguno de los ya presos; exactamente: eran coyotes, a los que si se les llegaba al precio, te ponían en “libertad”. Por cierto, mis dos compañeros salieron, dando sus juegos de plumas de oro y todo el dinero que traían; antes no dieron hasta el culo, supongo.
Vi que la mecánica para irnos sacando era que, cada cierto tiempo, de 20 a 30 minutos, salía un policía con una lista en la mano; primero gritaba “Para Santa Martha Acatitla, para Campo Militar Número Uno, para Lecumberri (los menos)”; nombraba los apellidos y elegido (da) tenía que gritar sus nombres y meterse a una oficinita. De ahí los sacaban en fila y los subían a un transporte carcelario.
Al oír sus apellidos, algunas (os) se desmayaban de súbito, se daban el madrazo en el piso de mosaico e íbamos socorrerlos; los desmayos eran más frecuentes cuando decían “Campo Militar”, pues para entonces ya se corría la voz social que de ahí era difícil salir; otros, los menos, también se desmayaban con Santa Martha, pero nadie cuando decían Lecumberri.
Había gente de todas las clases sociales; unos llorando, otros encabronados y algunos más como zombis. Yo también estaba nervioso, pero me decía que lo inevitable era lo inevitable y tal vez me mentía, diciéndome que si ya me veían magullado, me torturarían menos.
Así fue pasando el tiempo, de lista en lista y de desmayo en desmayo; de pronto, el policía dijo: “Para La Vaquita” y empezó a dar apellidos; de pronto ya para el final, escuché: Samperio Gómez y tuve que gritar Luis Guillermo. La mayoría de los rostros nos mirábamos con cara de “Juat”; es decir ¿íbamos al peor de los infiernos, a alguno mediano o de vacaciones, ya que el nombre sonaba a “campo”?
El caso es que los 60 nos metimos a la oficinita, apretujados (éramos puros hombres); al rato, nos sacaron en fila hacia una camioneta gris con una breve puerta detrás y una rejilla a cada costado. Ya había anochecido y nos íbamos turnando para ir viendo la calle quizá por última vez. En la plática que sostuvimos en el trayecto, supimos que iba un abonero, dos albañiles, un repartidor de pizzas, un contador público y un mensajero, que andaban por la zona de Zacatenco sin deberla ni temerla, pero ninguna autoridad los escuchó.

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