miércoles, 1 de julio de 2009

Los Temibles

Yendo en el carro que le decomisaron a mi amigo, con un granadero al volante y un agente a su lado y, en la parte de atrás, a mi costado izquierdo un granadero y al derecho un agente, quien traía una escuadra apuntándome a la cabeza, nos alejábamos cada vez más del DF Me seguían interrogando leyendo pinchimil hojas que cargaba el judicial delantero y, desde luego, continuaban pegándome en el cuerpo.
Como en la práctica no había dicho casi nada, en el momento en el que me iban leyendo el panfleto decomisado, me pegaban más fuerte; de pronto, gritándome, el judicial de mi derecha me ordenó que hablara y yo sólo dije “Tienen razón”. Quizá no le bastó mi respuesta y por primera vez me empezó a pegar en la cara, brotándome sangre de nariz y boca.
Unos instantes después, a nuestra izquierda se acercó un automóvil militar y se nos emparejó, desde la ventanilla derecha delantera un militar de grado les gritó a mis torturadores “A dónde lo llevan”; uno de los judiciales respondió: “A darle una calentadita”. El militar les dio la orden de que me regresaran; frenó un poco el carro militar, dio la vuelta en “U” y se nos perdió de vista. La misma maniobra hicieron mis victimarios y el granadero que maniobraba el auto me dijo: “Te salvaste, hijo de la chingada” y regresamos al D. F.
Todo este diálogo y las operaciones de carros me hicieron como volver en mí y, al sentir los duros efectos de los golpes supe, al menos por ese momento, que seguía vivo. Al entrar a la ciudad, se metieron por una colonia que yo desconocía y se detuvieron frente a una casa; con movimientos rápidos y sigilosos me bajaron y me introdujeron en el inmueble.
Pensé que se me venía otra chinga. Ya en la casa, me di cuenta de que estaba vacía; los judiciales humedecieron panfletos para mojarme la frente y la cara con el fin de que se me suspendiera la hemorragia. Sin quererlo, me vino una risa interna. La sangre cesó, me lavé la cara y con la cacha de su escuadra, un judicial me sobaba los chipotes del rostro para que se redujeran las pelotas. Cuando creyeron estar listos, salimos de la casa, respiré aire profundo, y abordamos el carro en las mismas posiciones; la tarde estaba oscureciéndose.
Cuando me di cuenta de que estábamos llegando a la delegación de policía de Lindavista, pensé que mis agresores habían sido medio pendejos, ya que la ropa que yo llevaba estaba ensangrentada de pecho a piernas. Y, en efecto, en cuanto nos íbamos acercando a la entrada de la delegación, se acercaron periodistas y fotógrafos.
No alcancé a decir nada, pero una de las fotos salió en un periódico vespertino en primera plana, acompañada de una pequeña nota. Gracias a esta labor de la prensa, aunque mi madre se desmayó al ver mi fotografía, tanto ella como mi tío Pablo tuvieron un indicio para buscarme.
Judiciales y granaderos me entregaron a policías de la delegación, advirtiéndoles que yo era de los peligrosos. Esto indicaba que debían colocarme en la cola de los temibles, donde estaríamos unos veinte; del otro lado se encontraba la cola de los menos turbulentos, formada por unos cuarenta. Al final de amabas colas había un escribano y del otro lado un montón de jóvenes, mujeres y hombres, como en las colas; unos muy golpeados, algunos regular y otros nada.
De pronto, llega un granadero y grita “Necesitamos gente porque hay madriza en la Ciudadela”. Se fueron la mayoría de granaderos y policías y dejaron a unos pocos viejitos; en medio de ese breve desmadre, aproveché para meterme en medio de la cola de los menos temibles.

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