martes, 21 de julio de 2009

Ya en La Vaquita

La camioneta gris donde nos llevaban a los sesenta presos del movimiento estudiantil del 68 s estacionó de frente ante un portón grande, color gris; el policía chofer tocó el claxon y echó las luces. El vehículo volvió a moverse y estuvimos dentro de los que suponíamos era La Vaquita. Fuimos bajando unos por uno y custodiados por policías comunes, fuimos atravesando unas rejas hasta llegar a un patio grande.
Allí nos formaron en hilera y un hombre de traje, al recibir el listado de presos de manos de un policía, comenzó a pasar lista e igual que en la delegación Lindavista, daban nuestros apellidos y teníamos que decir nuestros nombres. Una vez terminado el ritual nos fueron entregando a cada uno una colchoneta flaca y una cobija, después de esto nos llevaron a una celda donde entramos los sesenta presos; allí no había luz y a tientas fuimos acomodándonos en el piso junto a la pared pero nos dimos cuenta de que no nos alcanzaba para todos el muro y los demás se acomodaron en torno a dos columnas y en los huecos que sobraban. Al otro día sabíamos que era una celda para sólo veinte internos.
Desde fuera de la celda, el hombre vestido de civil nos dijo que al día siguiente a las cinco de la mañana seríamos despertados para salir a bañarnos, que luego estaríamos un rato en el patio para ir al desayuno y que por la tarde empezarían los interrogatorios y ahí nos dejó. Ya solos, empezaron las diversas pláticas, casi en silencio, mientras oíamos un cierto vocerío que venía tal vez de otra celda; el tema principal que se conversaba era el de cómo iban a ser los interrogatorios y sobre de que estábamos en una cárcel dentro de la ciudad, que tendría otro nombre pero que, por su tradición, le llamaban La Vaquita popularmente, con nombre femenino.
Los murmullos fueron callándose hasta que la celda quedó en silencio; yo estaba entre nervioso y tranquilo: tranquilo porque estábamos en una cárcel del DF, talvez auxiliar, la cara de los policías no se me hacía temerosa, lo que más me preocupaba eran los días que iba a estar preso pues yo trabajaba en el Instituto Mexicano del Petróleo en el que con tres ausencias consecutivas quedabas despedido, desde luego, que también temía el interrogatorio y poco a poco me fui quedando dormido como los demás compañeros. En efecto a las cinco de la mañana nos despertaron, nos sacaron al patio y el baño consistía en dárselo con agua friísima de una pileta, al centro del patio, así que la bañada se convirtió en una buena lavada de axilas para arriba, lo cual nos hizo despertar al cien por ciento y en lo que todos nos “bañábamos” amaneció. Como mis demás compañeros, yo sentía piquetes por distintas partes del cuerpo; cuando revisé mi camisa y, sobre todo, mi camiseta, descubrí que en las costuras se habían alojado un buen número de chinches a las cuales yo ya les veía la panza bien llena, roja. Desde ese momento se volvió ritual antes de volvernos a poner la ropa, deschincharla, discutíamos si volveríamos a usar de nuevos las colchonetas y las cobijas. Finalmente ganó seguir usándolas porque el piso de la celda estaba sucio ya alguno podría lastimarse la espala o la cintura.
Finalmente nos hicieron formar filas y nos dieron orden de ir entrando al comedor donde cabíamos muy bien, nos daban una cuchara de aluminio sin pintar y luego una policía nos iba dando una taza de lata con café negro de la peor clase, nos sirvieron en un platito un guisado del que no supimos de qué estaba compuesto pero el hambre calaba, más un bolillo del peor de los chicles, horneado en Lecumberri. Al salir teníamos que echar en una cubeta de agua la cuchara que nos habían dado, pues podían convertirse en armas punzocortantes. Ya en el patio, los policías nos ofrecieron cigarros, drogas y periódicos del día.

1 comentario:

  1. y, te acuerdas del interrogatorio? qué pasó después? ya me clavé con tu historia desde el inicio...

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