viernes, 28 de agosto de 2009

Torturadores y ratas

He de decir para bien de La Vaquita que su director aplicaba la ley con pleno rigor; es decir con las leyes orgánicas de las penitenciarías, hoy llamados pomposamente Centros de Readaptación Social (Cereso), los cuales, supuestamente, no incluyen tortura ni ningún tipo de violencia hacia el interno o preso, como la madriza que me pusieron los judiciales y los granaderos.
En el sentido primero, el director de La Vaquita fue riguroso; en el segundo caso, los guaruras mencionados quebrantaron la ley. Quiero pensar que los torturadores de las instituciones de seguridad tienen una mente enferma, impregnada de sadismo. Por ello sería prudente que a cada miembro de estas corporaciones le fuera aplicado un examen psiquíatrico. A lo mejor el análisis que se les aplique arroja que son individuos adecuados para ser boxeadores, luchadores o cuidadores de gorilas.
Aunque no supe el nombre del director de la corporación La Vaquita, desde luego ya fallecido, va desde aquí mi gratitud y mi reconocimiento como un hombre de ley; no me importa que estas palabras viajen a ultratumba, o al cielo, si es que existen. Finalmente, supongo que por órdenes superiores, se nos aplicó el delito de agresiones a las autoridades. En verdad que Echeverría no tenía madre.
Al tercer día de nuestra estancia en la cárcel, a un par de los cuates que estábamos en la celda, se le ocurrió llevarse bolillos para degustarlos por la noche, ya que nos daban nada más desayuno y comida. Así que, en la oscuridad, se los empezaron a comer e, incluso, les dieron cachos de bolillo a otros compañeros, lo cual provocó que migas de pan cayeran por aquí y por allá.
Por cierto, se me había olvidado comentar que los retretes estaban a nivel de piso, casi entrando a la celda, pegados a una pared que se encontraba a la izquierda si uno iba entrando; no había agua para que se fueran las cagadas y la caca se iba por fuerza de gravedad. Desde luego, aquellos que tenían chorrillo embadurnaban el agujero y la pestilencia era mayor a la de la mierda sólida.
Bueno, esa noche de los bolillos, como a la una de la madrugada, empezamos a oír ruidos extraños y como si, de pronto, te pasara encima de la cobija una especie de gato. Pero pronto hubo encendedores aluzando la celda y nos dimos cuenta de que de las letrinas salían ratas enormes y por ello dije gatos pues eran de ese tamaño, además de panzonas y de que se movían como si estuvieran en su casa y en verdad lo era.
En algunos de nosotros surgió el horror, el miedo y hasta la angustia, ya que era imposible salirse de la celda, que era lo más adecuado, pero bien sabíamos que, a pesar de que llamáramos a los celadores, seguiríamos ahí junto con los mapaches ratunos, los cuales se peleaban las migas de pan. Les dijimos a los que todavía tenían cachos de bolillo que los hicieran pedazos y los tiraran a distintos sitios. Todos estábamos despiertos y pegados a la pared, esperando cualquier ataque de nuestras pinches compinches de mazmorra.
Luego de un rato en que las ratas acabaron con todo lo comible, incluso dulces que algunos les pusieron, se nos acercaron a varios; la mía sólo mordisqueó mis zapatos y se fue hacia el cuate del Partido Comunista, el cual pegó un grito histérico, lo mismo que hicieron otros prisioneros de guerra del ’68.
Las ratas no se fueron por donde salieron, o sea lo hoyancos y, poco a poco, algunos nos volvimos a acostar tapándonos hasta la cabeza y ellas, muy confianzudas, pasaron la noche con nosotros. Nos dimos cuenta de que se habían vuelto animales domésticos y yo adopté a la mía, a la cual le puse por nombre Diaz Ordaz y me hacía caso; la metí bajo mi cobija y desde esa noche dormí calientito.

3 comentarios:

  1. Barbaro!! la sensacion de sentir las ratas olisqueando los pies, y saliendo del retrete para invadir la celda, me da escalosfrio...

    Saludos maestro.

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  2. Curiosamente acabo de leer algo relacionado con el reclusorio oriente, donde Carlos Sanchez (periodista sonorense) nos comparte que significa un bombon ahi:

    (extracto)
    (....Bombón. El individuo ajeno a la cotidianeidad del reclusorio viaja a su infancia y rememora esos bombones en un tenedor, jugando con la lumbre para que el malvavisco se tatemara. Un bombón en el pase de lista, debe ser una balsa para remar contra el infierno, y antes de dormir, concluye.

    Los pasos del recluso no cesan en la compañía de quien tal vez ya se va. La curiosidad es una bomba, y estalla: ¿Un bombón si no pasas lista?, inquiere. La respuesta viene: Un bombón es un madrazo en el rostro. Si no tienes esos dos pesos para pagar por la tarde el pase de lista, viene un guardia y te pide que infles los cachetes, luego te da un madrazo para desinflártelos. Ese es un bombón.... )

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  3. Me encanta lo que escribes. Voy a comprar alguno de tus libros. Te invito a visitar mi blog: www.alexascort.blogspot.com

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