lunes, 7 de septiembre de 2009

La revancha

En la celda de la prisión La Vaquita donde estuve en el ’68 con otros cincuenta y nueve presos jóvenes, las ratas que salían de los retretes al ras del suelo se volvieron nuestras mascotas; creo que habría en las noches unas veinte del tamaño de mapaches robustos y a la mía le puse el nombre de Díaz Ordaz. Tomando mi ejemplo, otras se llamaron Luis Echeverría, general Barragán, Uruchurtu, Corona del Rosal, Agustín Yáñez, Vázquez del Mercado, entre otros semejantes.
Después de haber cumplido alrededor de diez días, empezaron a salir los primeros y poco a poco se fue vaciando la celda; muchos de los padrinos de las ratas abandonaron a sus ahijadas, hasta que sólo quedamos dos. A mí me extrañaba que mi madre y mi tío Pablo, mi actual padre adoptivo, no me hubieran sacado y ya se cumplían, para mí, veinte días. Precisamente en ese día veinte por la tarde llegaron ellos a sacarme.
La multa fue de alrededor de quinientos pesos de entonces y la causa que indicaba la papeleta era “agresión contra las autoridades” cuando los hijos de puta fueron los que me golpearon y torturaron. Ya en el camino en el automóvil de mi tío Pablo, él me dijo que me habían dejado hasta el último para que yo escarmentara, lo cual me pareció una gandallada. Mi madre sólo guardaba silencio.
Ella me comentó que el dinero de la multa había sido reunido entre mis compañeros dibujantes del Instituto Mexicano del Petróleo (IMP), lo cual me conmovió mucho. Al otro día, regresé al trabajo y, sabiendo quienes habían encabezado la colecta, entre ellos El Gordo y El Güero.
Debo reconocer que las autoridades del IMP se portaron a la altura y no fui despedido ni se me descontaron los días de encarcelamiento; por ello les estoy agradecido, así como a su director el ingeniero Dovalí Jaime. El IMP se creó por iniciativa de Reyes Heroles, entonces director de PEMEX y que fue inaugurado, paradójicamente, por el mayor criminal contra el movimiento estudiantil del ’68: Díaz Ordaz. Y hay otra paradoja importante: el primer director del IMP fue el ingeniero Javier Barros Sierra, quien pronto pasaría a ser el rector de la UNAM y quien desfiló a lado de los estudiantes en contra de la represión que estábamos padeciendo.
Yo volví a mis labores normales, me reintegré a mi equipo de volibol y seguí paseándome en mi Fiat 62 cuadradito y blanco; en ese transitar en mi Fiat me di cuenta de que un carro de judiciales me tenía vigilado eventualmente, por lo que mis actividades en el movimiento se redujeron al mínimo por indicaciones de mi contacto con la agrupación Poder Popular.
En tanto, me dediqué a ponerme en forma de nuevo en el volibol y a correr alrededor del campo de futbol que tenía el IMP algo así como unos cinco o seis kilómetros, cinco veces a la semana pues estábamos en las semifinales las cuales ganamos, lo mismo que hizo el equipo formado por los policías del Instituto. Así que jugamos la final contra los polis.
La final se jugó en días muy cercanos al 2 de octubre del ’68. La asistencia a la final era abultada y casi el noventa y cinco por ciento de los asistentes, entre ellos Diana, la madrina de nuestro equipo, y otras guapas secretarias. Se jugaron tres partidos. El primero lo ganamos nosotros, el segundo lo ganaron los policías y el tercero estuvo de garra, ya que el juego fue avanzando casi al parejo. Yo jugaba de acomodador de balones y teníamos un clavador estrella, el que más puntos reunió en el campeonato.
Llegamos empatados a los 15 puntos y había la regla de ir aumentando un punto por empate y llegamos a los 18. La gente gritaba, ambos equipos estábamos muy agotados, hasta que en el 18 nos fuimos arriba y en un largo ir y venir del balón, nuestro clavador hizo el medio punto del triunfo. Toda la gente nos abrazaba y, aunque fuera en el volibol, derrotamos a la policía

1 comentario:

  1. Lo felicito, Master Samperio. Es usted un rey en la prosa y en la invocación de la memoria.

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