viernes, 16 de octubre de 2009

Los niños extraviados


Vale recordar que mi breve incorporación al Movimiento de Liberación Nacional (MLN) se debió a que me “grilló” un alto funcionario del Instituto Mexicano del Petróleo (IMP) cuyo nombre no recuerdo, pues han pasado ya cuarenta años desde entonces, pero sí recuerdo que nos incorporamos varios empleados del IMP.
En la segunda ocasión que salimos al campo un grupo de unos veinte, vestidos ya con el uniforme un fin de semana, en un momento dado me di cuenta de que el cuate que nos guiaba y nos instruía, de pronto se perdió entre el chinguero de rutas. Nos lo expuso y, analizando los planos que portaba, los veinte nos pusimos a estudiar dónde nos encontrábamos y, desde luego, cómo podríamos salir del enredo en que nos había metido ese pendejo quien, además, se las daba casi de comandante.
Por mi lado, pues la verdad me entró miedo en tanto que íbamos uniformados, con armas y si no salíamos por donde nos esperaban los vehículos, se armaría un gran desmadre, pues la gente con la que nos topáramos nos vería con cara de “what”, ¿pero qué sucedería si nos encontráramos con la policía o con un piquete de soldados? Desde luego que, con todo y el miedo, que compartía con los demás, en el segundo caso tendríamos que utilizar las armas de manera inevitable.
Pero como el MLN estaban, en la práctica, en párvulos, a pesar de que había gente más avanzadilla y experimentada que nosotros, se buscaba que no se supiera de la agrupación hasta no tener una buena experiencia y elegir el o los sitios en los que aparecería; entonces, pues estábamos en un enredo en serio, entre la espada y la pared, como se dice.
Al final, un ingeniero, cuyo nombre tampoco recuerdo, pero que tenía bien puestas las pilas luego de un par de horas de examinar y ver los mapas, le dio al clavo y decidimos, ya sin tomar en cuenta la opinión del jefecillo, retornar al verdadero camino y, desde luego regresar al punto de partida; de ahí alguien con chamarra normal bajaría al pueblo a echar una llamada para que vinieran por nosotros, lo cual se tenía contemplado ante cualquier emergencia.
De todos modos, lo dicho por el ingeniero era, en el fondo una aventura dentro de la aventura, pues podría equivocarse y perdernos todavía más. Yo, por mi parte, estaba, más que miedoso, súper encabronado, ya que (pensé en manos de qué estúpido estaban puestas diecinueve vidas y eso era responsabilidad de las cabezas de el MLN).
Así que, aparte de mi temor nocturno a los insectos ponzoñosos y a las víboras, ahora se agregaba un motivo más para poner distancia de dicha organización que, de cualquier manera, merecía mis respetos, ya que no la podía juzgar sólo por un imbécil; y pido disculpas por no poderle llamar, donde quiera que esté, “compañero”.
Cuando reconocimos el punto donde posiblemente nos habíamos empezado a desviar, todo mundo respiró profundo y, ya en camino de vuelta certero, nos pusimos a chancear y nos tranquilizamos. Hicimos un alto breve, pues ya el atardecer pronto se convertiría en noche; comimos y bebimos algo, además de contarnos los cuentos más picantes que el chile de árbol yucateco.
Esta extraviada fue determinante para mi alejamiento del MLN y pensé, de inmediato, que yo era un animal urbano y que lo que en política hiciera, tendría que ser en la ciudad. De ahí, mi inevitable y breve estancia en los Comandos Emiliano Zapata. Digo, breve porque quien sopló sabía muy bien que el desmembramiento vendría de inmediato. Ante la ineptitud de ambas organizaciones, pensé que el espartaquismo integral me convenía.

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