viernes, 2 de octubre de 2009

Mitin relámpago

En el 2 de octubre del 68, la acción del gobierno y del ejército estuvo perfectamente planeada y me di cuenta de ello cuando al girar en el edificio que estaba a la derecha del Chihuahua, cuando solté al muchacho de chamarra de cuero que usé como escudo por mi terror y que no nos tocó ningún balazo de los hombres de guante blanco, me encontré con que la plaza estaba ya rodeada de soldados con la bayoneta desenvainada como metro y medio entre uno y otro con la rodilla izquierda sobre el piso.
Entonces, cuando huía hacia el norte de la plaza, me detuve a pensar qué podía hacer y a mi lado derecho, estaba una señora de negro, histérica, fuera de sí (con seguridad era una de las madres cuyo hijo había sido asesinado); lo que se me ocurrió fue tomarla del brazo derecho e irme directo al azar hacia un soldado.
Frente a él, le dije que la señora era mi madre que habíamos venido a una visita y que cuando salimos nos encontramos con el desmadre; que dejara pasar a la señora, que yo me quedaba detenido con él. Me miró a los ojos, nunca he olvidado esa mirada café del hombre prieto, escudriñándome. Yo le sostuve la mirada sin parpadear, sentí que intentaba leer algo en mi también mirada café de hombre blanco.
De pronto el soldado me dijo “pásenle los dos”, se hizo a un lado y cruzamos la red de soldados. A unos cuántos metros solté a la señora que seguía gritando fuera de sí y me lancé a correr, igual hacia el norte. Recuerdo que todavía el soldado, que había leído muy bien mis ojos, me gritó que no me fuera por ahí pero yo ya no le hice caso. En ese momento mientras corría, sintiéndome un poco libre, cobré conciencia de mí y escuché con precisión el tronadero y la balacera y pensé que estábamos en medio de una guerra.
Como tenía muy buena condición física, cargando aún mi portafolios, pronto llegué a la avenida, quise correr hacia la izquierda y recordé la advertencia del soldado pues venían unas tanquetas a cerrar el cerco a toda la zona. Entonces miré a mi derecha y descubrí que otras tanquetas venían hacia acá pero estaban todavía más lejos; al frente de la calle distinguí como una entrada a otra calle, pero al llegar me di cuenta que era un acceso del ferrocarril a una fábrica, pero más adelante, a mi derecha, hacia el oriente, había una calle de verdad y hacia ella corrí.
Las gentes de las casas estaban asomadas, mirando hacia la unidad Tlatelolco y eran las puras cabezas de la más chica a la más grande las que se asomaban y pensé que eran como una caricatura. Se me ocurrió, unas dos o tres cuadras adelante, pedir posada a una señora que era la única cabeza y al hablarle lo único que hizo fue cerrar la puerta. Supuse entonces que lo mismo me pasaría en otras casas y seguí corriendo hasta que en una esquina un taxi se me emparejó y el hombre que manejaba me gritó que me subiera. Con la duda de que pudiera ser un judicial yo no me alentaba a subir por la puerta delantera que ya estaba abierta y el taxista me dijo que en la parte de atrás venían dos compañeros míos, vi que ahí venían dos jóvenes y fue lo que me decidió a subirme todavía con temor.
Ya dentro me di cuenta que uno de ellos venía herido, sangrando y su compañero me comentó que le habían dado un bayonetazo. Mientras tanto el taxista nos advirtió que sólo nos llevaría hasta la avenida, que era Cuitláhuac. Ahí nos bajamos y nos subimos al primer camión que pasó que iba a San Pedro; al ver al muchacho sangrando el chofer ni nos cobró, caminamos tres filas y ahí con los dos jóvenes a mi lado hice un mitin relámpago informativo de lo que estaba sucediendo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario