miércoles, 11 de noviembre de 2009

El mar negro

Clavado en un bar
Maná

Todo pasa tan de prisa en estas calles. Trotando a buen tranco, un caballo sepia entra en un edificio; detrás de él se introducen un tropel de hombres de portafolios. Escucho el sonido de una motocicleta pero no alcanzo a ver cuando ya se perdió a la vuelta de la esquina. Una mujer de vestido azul cobalto y piernas largas pasa rápido a mi lado y sus ojos castaños no miran que la miro; su bolso se balancea como el péndulo de un reloj que marca segundos de urgencia. Un perro buldog persigue a un gato siamés y se estrellan en el puesto de hot dogs, donde los empleados de telégrafos devoran su pieza de dos mordidas, pagan, se van y no se limpian la mostaza. Cuánto tiempo sin vernos a la cara, siento que un día te fuiste a Oceanía hace dos años. A alguien se le ha caído un violonchelo desde el séptimo piso y las cuerdas se enredan en mi zapato izquierdo, con el que empecé a pisar este día. Me sacudo las cuerdas, caen junto a una coladera y dos ratas del tamaño de un gato se las llevan a la cañería. Quizá estén formando un conjunto líquido de jazz o las cuerdas serán el instrumento con que degüellen a los caimanes que habitan el drenaje profundo desde que los expulsaron de los pantanos. Va tan rápido el ciclista que sólo alcanzo a ver un rayón amarillo y naranja que pasa entre dos transeúntes de sombrero gris, quienes de inmediato se pierden tras un poste. A tu casa yo fui, me abrió la puerta una mujer ciega; me dijo que no te había visto, que hablara más alto porque no me escuchaba; alcancé a distinguir que la sala color arena de playa ya no estaba. Al salir del viejo edificio, me doy cuenta de que no sé vivir sin ti, creí que iba hacia el sur pero luego me di cuenta de que había llegado al poniente en el momento en que la tarde comenzaba a agonizar. Todo pasa tan de prisa en estas calles y también en estos cielos. Quizá el péndulo de la mujer del vestido cobalto aceleró su bamboleo. En el rumbo poniente que sigo, todavía pensando en que voy hacia el sur, caigo en cuenta de que es más fácil llegar al sol sanguinolento que a tu corazón. Tres rinocerontes rebasan a un largo transporte colectivo; no le hacen caso al vigilante que pita su silbato a ritmo de son veracruzano. Sólo falta el arpa, tal vez porque suena demasiado frágil ante los golpes de los cuervos que se estrellan en el muro donde se anuncia la última película de Batman. No sé si es mejor morirme de amor, no sé, le pregunto a un policía turístico bilingüe, pero como responde en japonés y no le entiendo. Cuanto tiempo sin vernos a la cara, pienso para que el policía no me dé otra opinión de grafías que se estampen en el papel de arroz de mis emociones. Sí, yo creo que es mejor morirme de amor, eso creo. A la velocidad del rayo se para junto a mí un potro negro, lo monto antes de que el péndulo lo apague. Creo que llegaré más fácilmente al sol, pero la tarde ha cedido su lugar a una noche tórrida, el aguacero cae sin miramientos y la granizada rompe mis lentes. El caballo no se detiene, se pasa las luces rojas que apenas distingo. Saco mis lentes metálico de repuesto y veo que subimos la montaña sin árboles por el carril de alta velocidad, la bajamos con la misma premura, su patas se un hunden en la arena de una playa mugrosa, saltan goterones de agua oscura. Allí nos perdemos hasta que arribamos al Mar Negro y nos ahogamos. Caray, todo pasa tan de prisa en estas calles. Los tiburones van con tanta urgencia hacia ningún lado que no devoran mi carne aún degustable. Sorprendido, veo que una mantarraya viene buceando con tal parsimonia y lentitud que no sé si estoy soñando o de verdad soy el escritor ahogado. El caso es que las alas de ese animal tan águila planeando a contracorriente, tan sábana café con leche abriéndose como el abanico para cuarenta mujeres acaloradas, tan campante como si nada, llega junto a mí, me abraza, me envuelve, me da tibieza, me amamanta, es decir me amamantarraya tanto, que olvido que a tu casa yo fui. Ahora sé que morir de amor no s tan difícil ni tan terrible, como la niña de Guatemala y dejo que las cobijas que me cubren en el fango de este mar me asfixien.

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