jueves, 5 de noviembre de 2009

Guaruras etéreos

Luego de mi desencantamiento en el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), de donde se desprende el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y otras agrupaciones semejantes y del severísimo ataque al comando Emiliano Zapata, volví hacer contacto con el Espartaquismo Integral (E I) y me afiliaron a uno de sus llamados círculos de estudio.
Su estructura era de abajo a arriba de la siguiente manera: a) La base o diversidad de círculos de estudio; b) Central de círculos, compuesta por un representante de cada uno de los círculos de estudio; y c) Círculo piloto, donde se encontraba el "cerebro" de la organización y que, igual que los círculos de estudio, mandaban un representante a la Central del círculo.
De los miembros de tal círculo piloto recuerdo a Jaime Labastida, además de un cuñado de él cuyo nombre se me escapa, Enrique González Rojo, más un sacerdote “estudiado” y otros intelectuales de izquierda ya con buena formación en cuanto a la economía política (en especial marxistas) y la filosofía.
Debo decir que nuestra tendencia era más maoísta que soviética en tanto que veíamos al Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) como una rémora, una traición, lo mismo que al Partido Comunista Mexicano (PCM). Mientras, en nuestra bibliografía estaban los escritos chinos, los de Mao Tse Tung e, incluso, los de Ki Milg Sung, este último además con sus escritos militares. Desde luego, incluía los libros de Marx, Engels, Lennin y hasta uno insoportable de Stalin, añadiendo a los clásicos y epígonos de la economía moderna. Como es visible, el planteamiento del E.I. era: primero, la preparación teórica; segundo, el análisis económico-político de la realidad nacional mexicana; y tercero, la acción.
Sin embargo, en los círculos de estudio debíamos empezar por el a-b-c, a mi ingreso me tocó estudiar el folleto gordito de Engels titulado "Ludwig Feuerbach o el fin de la filosofía clásica alemana". Como yo había estudiado sólo hasta la secundaria, al leer este librito en verdad no acabé de entenderle del todo (tuve que releerlo tres veces más) pero lo que sí logré comprender es que Dios no existía, ya que Feuerbach atacaba y demolía el concepto de Hegel en torno de la Idea Absoluta (Dios).
El planteamiento de Feuerbach fue una gran liberación para mí en tanto que mi madre, guanajuatense y de familia cristero-sinarquista, utilizaba a Dios y al Ángel de la Guarda como agentes policíacos invisibles, o guaruras etéreos que, desde mi primera infancia fueron persecutorias, de tal suerte que una simple masturbación no sólo era vigilada por estos seres inmateriales, sino que representaba para ellos un pecado mortal y, por lo tanto, yo era el pecador.
Así que desde la lectura del libro de Engels me sentí a plenitud liberado. Me quité un gran peso de encima, releí el texto y, al fin, lo comprendí en su conjunto. Diría que tan sólo la lectura de ese libelo valió la pena mi larga estancia en el Espartaquismo, la cual se alargaría cerca de diez años. El estudio de otros libros, como el de Feuerbach, fue abriendo un camino muy ancho en mi ideología, junto con el pensamiento sensible que me fue ampliando la literatura de todo orden.
Por cierto, ahí en la organización se recomendaba mucho la lectura de "Así se templó el acero", las obras de Émile Zola y Máximo Gorki, pero ninguno de los tres me gustaron en tanto que eran de un realismo ramplante y poco conmovedor. En rigor eran lecturas propagandísticas, mientras que yo ya había leído a Kafka, Brech, Camus, Sade, Beckett, Ionesco o a Sartre, que eran superiores a los autores didácticos mencionados, quienes escribian para despertar la conciencia de la clase obrera, pero no para el disfrute de la inteligencia. Así que, al fin, tuve una organización firme, donde además iba a estudiar, debido a la amplia y diversa bibliografía, las carreras de Economía, Sociología y Política.

1 comentario:

  1. Tener un guarura etéreo y compartir el sandwich con él 8 años hacen que inevitablemente uno corra a leer a Sartre, Engels (desde entonces la familia tiene un sentido de dudosa procedencia) y Camus.
    Ya luego uno se reconcilia con la vida y lee poesía. Pero los textos de la primera adolescencia (la segunda es la que vivimos los que deseamos ser escritores y los que ya lo son y esa nunca se acaba) subyacen hasta en la manera de agarrar el plato, la cuchara y el primer parpadeo al despertar.

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