martes, 15 de diciembre de 2009

Caballos

Caballos de oro durante la noche, púrpuras al salvar la cuesta. Caballos que eluden los hilachos de la bruma, imaginarios en la ondulación de las espigas de la cebada, azules al cruzar los sueños del amante. Caballos al galope en el tiempo que se disipa en historias crueles, el eco de sus cascos en el túnel sin consuelo, caballos de nube al abrir las hojas de la ventana del desencuentro. Caballos canela, rojos caballos, caballos del ámbar que se adormece en el desierto; esas crines al aire me acarician, me oscurecen los ojos en la ausencia, donde nunca te volveré a amar.
Caballos que fluyen, caballos que andan, se detienen en un reparo, giran, trotan, se paran sobre sus traseros, tienden un brazo al horizonte.
Varados grises, líquidos violeta de plata en las últimas visiones. Caballos negros que hunden la cabeza entre los nenúfares del estanque. Caballos pintos y pardos que saltan los borrones de la explosión incauta. Caballos entrañables que me siguen sujetos a la sombra, inconstantes y rebeldes en la enramada que los tolera, apacigua; gentiles, dubitativos caballos amorosos, determinantes, nobles, soñolientos caballos naturales, vigilantes ajenos a los hombres.
Caballos blancos que atraviesan serviciales las flamas de la hoguera, aunque el delirio brote de sus belfos. Caballos que se aman y siluetan las figuras ardientes de su sombra sobre los pastos del claro del bosque.
Caballos, caballos pesadumbre, pacientes caballos de su cansancio, serenos se recuestan los caballos y duermen, sueñan la última batalla en las páginas de algunos libros.

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