martes, 5 de enero de 2010

Otros Caballos

Se percibe ya el eco de sus pasos remotos, vestigios del sonido de la pezuña que golpea, sus cascos salpicaron la espuma de la playa. Sus figuras cruzaron próximas, se alejaron, se disolvieron en la bahía y viene el eco recuerdo de su paso; pasaron, por aquí pasaron y por el horizonte.
Hacían polvareda en los montes, los caminos; las crines claras se distinguieron en las noches distantes. Los prietos se metamorfoseaban en la noche; las manchas blancas de los pintos eran raudos mapas.
Cuerpos iluminados por su madre, la bombilla milenaria contra el mantón nocturno, costurera que hila estrellas.
Sus hocicos nítidos bajo el halago materno, pasaron, por aquí pasaron y por el olvido del olvido, sombras que atravesaron la Zona Tenebrosa; los de alas blancas volaron contra la humareda.
Les pusieron nombres como a los humanos, algunos ganaron la partida, conquistaron honor y aura. Galoparon los libros en torneos, guerras, cacerías, traslados, esculpidos; muertos, dispersos en el campo de batalla sobre la falda del monte
su
sangre
e
s
c
u
r
r
í
a
entre hierbajos, arena, rocas.
Los hombres hambrientos asaban sus patas; pasaron, por aquí pasaron y por honores y por el terror. Antes de la construcción de castillos, antes de las murallas, antes de los caserones burdos, antes de Adán y Eva, antes de los hombres.
En el inmenso silencio del mundo, el cosmos, desde allá vinieron, pasaron, se alejaron, enérgicos, determinantes; los cascos enterrándose, los músculos de las ancas firmes, ágiles, móviles.
Se alejaron, se difuminaron en la neblina humosa de la costa. El viento dolorido recuerda sus nombres, los va pronunciando con gozo, nostalgia, compasión. Las palabras se esparcen, caen sobre la arena; llega el padre mar, les lame las patas, se las lleva, las guarda en su vientre.
Engulle también las zapatillas de la Doncella de don Guillom, mi amo y señor, el espada de los Sueños Agoreros, demoledor del laberinto de su alma; lo cubre la piel del Minotauro de sus interioridades. Mi amo, a quien protejo en escaramuzas, refriegas, emboscadas.
Me llama el dilecto Nautilius; aunque guerrero, soy nostálgico como él. Mientras pasto, recuerdo a los de mi antigua estirpe, cuando eran de carne, hueso, músculo, naturales.
Pasaron, por aquí pasaron, me dice mi amo; sus cascos salpicaron la espuma de la playa y galoparon hacia la noche más prieta, hacia un tórrido llanto del cielo.
El eco de su trote se escucha en las noches en los momentos en que la bombilla cósmica está en su esplendor máximo. Los pelícanos gimen, los peces-espada, los caballitos de mar, gimen los delfines aritméticos, las garzas gimen, las doncellas que miran su cara en el estanque.
Sí, pasaron, estuvieron, fueron, pasaron, guardamos su sombra. Don Guillom les reza algunas noches, gime lento como si le hubiera alcanzado una lanzada en el cuello; gime por ellos, los otros héroes, los verdaderos, gime, gime, lento gime, en tanto el caballero piensa en el cobijo que su Dueña, la Dama de Ojos Oceánicos, puede otorgarle y le ponga la mantilla de una caricia entre los cabellos
para
que
sus
lágrimas
e
s
c
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a
n
sobre su armadura,
su escudo,
su dolor de caballero,
humedeciendo
su blusón azul
y púrpura

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