jueves, 18 de febrero de 2010

Antiparras invisibles para La Gioconda

Es cierto que La Gioconda es la mujer más vista del mundo, pero también es la que ha mirado más personas. Cuando uno está frente a ella, no puede evitar toparse con esa mirada misteriosa que nos observa con intensidad. Además, su media sonrisa parece manifestar un gesto un tanto irónico y elegante, a pesar de que un odontólogo haya dicho que no es media sonrisa, sino que tenía algún defecto dental o que, por celos de su esposo, de apellido Giocondo, éste le habría dado algunos serios bofetones. La sonrisa es ya un elemento del icono perteneciente al imaginario colectivo. Por ejemplo, una afirmación de Lawrence Durrell contradiría la opinión del odontólogo: la sonrisa de La Gioconda, también conocida como La Monalisa, se debe a que ella acaba de devorarse a su marido
Al mirarnos, sus ojos penetran en lo recóndito de nuestro espíritu y, de pronto, la sentimos familiar, como si la conociéremos de siempre. En este juego de miradas, ella profundiza y por ello le es dada la ironía, la cual no sabemos si va contra el espectador o lo acompaña. Mira a los demás como si fuera tranquila paseando en bicicleta, descubriendo caras para entrar a diversos estados mentales. No importa que los demás sean los que transitan frente a la bicicleta, porque para La Gioconda es un divertimento leer los gestos de las personas que llegan de cualquier punto de la Tierra para que ella los mire, aunque los turistas supongan que ellos son los que la miran
Debido a lo anterior, me gustó darle por título a uno de mis libros de cuentos La Gioconda en bicicleta. Como La Monalisa detrás del cristal, el libro se dedica a mirar en su entorno, en cualquier continente, y a compartir sus reflexiones y sus actos creativos con los lectores. Tuve como guía una idea del francés Michel de Montaigne quien, al escribir sus Ensayos, se propuso hablar de sí mismo y de su entorno; muchas veces, como él decía, redactaba sus textos con ideas de otros. Pero no era sólo tomar las ideas, sino juntarlas, compararlas y contraponerlas, lo que le es propio al ensayar y crear. Cuando uno va escribiendo, una idea estética se conecta con otra y ésta con la siguiente hasta generar un juego de espejos o vasos comunicantes. Es como si La Gioconda mirara a través de unas antiparras invisibles.
El pensamiento va dando giros como los arillos de la bicicleta, hace un recorrido por el mundo de las ideas y llega a un punto del camino donde el proceso de creación se detiene. Digo arillos porque, vista de lejos, una bicicleta semeja unos anteojos que nos ven a la distancia y sus rayos semejan el iris del ojo. Sobre la bicicleta va una mujer, quizá la más bella de Florencia en estos días; va con calma, sonriendo, muy despierta y poniéndole a las cosas el misterio de su mirada.
A principios del siglo xx, La Gioconda se convirtió en un símbolo por excelencia del gran arte. Aunque al comienzo del siglo xvi, Leonardo da Vinci la vendió de forma legal al rey de Francia, François I, sin que el cuadro tuviera gran trascendencia más que ser obra de Da Vinci, como muchas que vendió a distintas cortes europeas o a la propia, la italiana. Cuatro siglos después de aquella venta, en 1911, el pintor italiano Vicenzo Peruggia la rapta bajo la consigna de devolverla a Italia; el escándalo se convierte en mundial. Un día aparece en un restaurante florentino y la policía la rescata. Llegan a un acuerdo Italia y Francia y regresa al Museo del Louvre, su casa durante varias centurias. Esto quiere decir que en el 2001 se cumplió el 90 aniversario de su rapto.
Más adelante, en 1963 y luego en 1974, La Monalisa viaja a los Estados Unidos América y, debido a las costumbres multitudinarias de aquel país, La Gioconda provoca muchedumbres a su alrededor; de esta manera, se convierte en la diva más afamada de Hollywood, popularidad que ha mantenido y acrecentado hasta esta nueva centuria, la del siglo xxi, pero además a nivel galáctico, pues se ha supuesto, por investigaciones secretas, que extraterrestres la han registrado y la han divulgado en diversas galaxias.
Estos esporádicos viajes a los Estados Unidos, forzosos o libres, incrementaron su capacidad de observación. Entre 2003 y 2009, esta bella y enigmática mujer cumplirá cinco siglos de mirar el tránsito de unas veinte generaciones de mirones. Esto la convierte en la mujer más experimentada de la Vía Láctea. Anda tranquila en su bicicleta, atravesará otros siglos pedaleando serena y su mirada seguirá siendo el horizonte más misterioso de las artes plásticas. Su sonrisa irónica acompañará a nuestros nietos, bisnietos y tataranietos. La serenidad con que observa al mundo continuará imperturbable. Incluso, ha tenido que tolerar las miradas extrañas y rectilíneas de los japoneses, que no encuentran en ella grandes diferencias con las chicas europeas que han visto en el restaurante, o en una cafetería, a no ser por la ropa. Quizá desearían una Monalisa de ojos rasgados, recostada en un diván, mostrando una pierna desde la rodilla fuera del kimono; una mirada horizontal y sumisa y, desde luego, sin media sonrisa y la llamarían La Nikonda o Mona-Liska. O esposa de un samurai de alto rango objeto de infidelidad de Nikonda, decapita en la plaza Chen-Kai a la bígama y al pintor Da-Vinky, hermosa leyenda del siglo XVI oriental, coronado con el harakiri del samuari de apellido Nikondo.
Al hacer este juego con una posible mirada oriental sólo agrego un juego más a los cientos de miles que se han dado en torno al icono femenino que otros pintores, diseñadores, humoristas del papel, escritores, etcétera, sin faltar Andy Warhol, hemos realizado. Ahorita mismo no faltará el lector que ya esté pensando, tal vez, en una Gioconda árabe. Pero lo más interesante de esta mujer es que mueve a tanta reflexión y tantas versiones plásticas o escritas sin ser, en rigor, una vamp ni nada que se parezca a una dama erótica. En este sentido, las solteronas la pueden convertir en una figura de adoración, pero no, creo que La Monalisa no va a terminar en una capilla, como le ha sucedido a Marilyn Monroe, o a Fredy Mercury, mientras siga la discusión de su buena o mala reputación.

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