viernes, 26 de febrero de 2010

Zapatos de tacón azul cobalto

If you close the door...
V.U. con la voz de Maureen Tucker


Estaban detenidos en el umbral de la salida. Evelyn le había dicho a Boby que lo mejor para ella era irse, mientras se escuchaba música y voces dentro de la casa. Evelyn se encaminó hacia la puerta; ambos llevaban un wisky en la mano. “No te vayas”, dijo Boby, pero ella descubrió en el tono de voz que lo había dicho por decir. Ella dio un paso hacia fuera y él se quedó un paso dentro. Fue cuando ella le dijo: “Si cierras la puerta, estando yo dentro, la noche podría durar por siempre”; ya se sentía ebria pero continuó: “...dejarías la luz del sol afuera y saludaríamos al nunca jamás”.
Boby bebió de su vaso y dibujó una semisonrisa en su cara rubia y era notable, al llevar los ojos hacia arriba, que estaba evaluando la oferta de la chica pelirroja. Boby sabía que esta escena, o demasiado parecida, ya la había vivido en varias ocasiones con Evelyn y que, al día siguiente, para ella sería más importante su perro, su gata, sus amigas, su labor de beneficencia para las mujeres en desgracia, su trabajo, su madre, el perro de su hermano, la sirvienta y otras personas y animales que no recordó. Que llegaría cansada a verlo, diciéndole que se sentía muy sola, que la noche se le hacía muy larga si él no estaba; ante la reiteración, noche a noche, de tales argumentos, Boby se había sentido con cara de pastilla somnífera o, lo peor, que la muchacha necesitaba un pene como ansiolítico.
Mientras ellos seguían, uno fuera de casa y otro dentro, a dos pasos de distancia entre ambos, la gente estaba bailando y divirtiéndose mucho; para Evelyn no existía la música, no la escuchaba, aunque deseaba estar entre esa gente que brincoteaba a espaldas de Boby. En voz alta, con la mirada perdida o sin fijar ningún objeto con ella, Evelyn dijo para sí, o tal vez para ambos: “Cómo desearía que me pasara a mí”. Hizo girar los hielos dentro de su vaso, tomó casi todo el wisky, miró a los ojos de Boby, quien mantenía congelada la semisonrisa.
Evelyn levantó el vaso a la altura de la barbilla de él y dijo: “Mas si cierras la puerta, no tendría que ver de nuevo el día; te lo juro. Si cierras la puerta, la noche podría durar por siempre”. Boby se acercó a ella y la besó en la frente, cuestión que ella odiaba, pero no quiso comentar nada, miró hacia el suelo y vio los zapatos negros relumbrantes de Boby y a ellos se dirigió: “Deja el vaso de wisky afuera y bebe a la salud del nunca jamás”. Estas frases fueron para él incomprensibles; el hombre no sabía si ella quería sacarlo de la fiesta y que fueran a un motel, como ya lo habían hecho, escapándose del universo, como ella decía, o realizar un ritual en el que tendrían que lanzar el vaso escaleras abajo, entrar a la fiesta abrazados, servirse otros wiskis y ponerse a bailar, sosteniendo a esa Evelyn que ya se había tomado media botella de licor, aparte de los vinos cuando se sirvió la cena, o si lo que ella había dicho era sólo un juego de palabras, o una nueva amenaza de intento de suicidio, o que en su mente ya privaba la confusión sencillamente. Todo ello lo pensó mientras veía la puerta del otro lado del pasillo y notaba que la pareja de ancianos que allí vivía llegaba, abrían y se perdían detrás de la puerta, con sus idénticos suéteres azules tejidos por la vieja, como había sucedido durante los diez años que Boby llevaba viviendo en este edificio.
La voz de Evelyn lo trajo de nuevo a este lado del pasillo: “Oh, yo sé que algún día alguien mirará dentro de mis ojos y dirá: ‘Hola, tú eres la chica más especial para mí” y azotó el vaso de wisky en el mosaico rojizo del departamento, salpicando los zapatos de Boby, quien agarró la manija de la puerta instintivamente, pero de inmediato le vino una sensación de lástima; la semisonrisa desapareció de su cara y se dijo interiormente que esa mujer no podía despertarle ya ni un gramo de compasión. Esos momentos compasivos ya los había gastado en distintos momentos, como cuando ella le reclamó airada la carta de una antiquísima novia, que él tenía guardada quién sabe dónde, o la vez que defendió a su amiga lesbiana, diciendo que para ella era su hermana —Boby pensó que a él, de elegir, no le gustaría tener un hermano homosexual.
Intentó cerrar la puerta y Evelyn puso la punta de su zapato de tacón azul cobalto en la hendidura entre puerta y marco. Y como si la mujer estuviera terminando algún pensamiento, expresó: “Porque si cierras la puerta, no será necesario ver de nuevo el día, encerrados en la recámara para siempre”. Boby no quiso forcejear con la mujer, pues la gente miraba y escuchaba hacia ellos sin bailar y en silencio; sólo se oía un viejo disco del grupo Velvet undergraund y entonces Boby supo de dónde venía el discurso que Evelyn había ido armando, de ahí que le resultara tan convincente pero, al mismo tiempo, dudoso.
Evelyn dio tres pasos dentro del departamento y, con las manos puesta en su cintura, se dirigió a quienes la veían, con un tono de voz alto y arrastrado “Los muchachos que son lo máximo; refulgentes velas, son la causa”. Caminó hasta la cantinita de Boby, se sirvió un vaso casi lleno de wisky sin agua ni hielos y bebió la mitad de dos tragos. Regresó a su lugar, un paso fuera de la umbral de la puerta de salida y, desde ahí, les gritó con voz lenta y sinuosa: “En este momento, la gente va en vagones del metro y en trenes. O la que anda en la calle, que se mira verde-grisácea dentro de la lluvia, parecen estar de fiesta”.
La mayoría, entre ellos Boby, miraron hacia las ventanas y vieron que caía una lluvia suave; sólo Evelyn la había distinguido, o a lo mejor era pura coincidencia con su discurso. “Y quiero decirles otra cosa —continuó—: toda la gente se mira con claramente en la oscuridad y ustedes necesitan esta luz que los enceguece sin que se den cuenta”.
Se escucharon rumores de desacuerdo y molestia; alguien cambió el disco y sonó, con mayor volumen, el nuevo disco de Madona y la gente comenzó de nuevo a bailar, desentendiéndose de Evelyn, amiga de la mayoría.
En el momento en que Boby cerraba la puerta, Evelyn dijo con voz casi apagada: “Si tú cierras la puerta, mi noche podría durar para siempre”. Pero Boby ya no escuchó la segunda mitad de la frase. Lo que sí pudo distinguir fue un lejano taconeo que se disolvió en el instante en que la lluvia empezó a desplomarse con fuerza contra las ventanas, hasta con aislados golpeteos de granizo.

3 comentarios:

  1. No más pasando a comentar que la voz de "Afterhours", de donde está sacado el epígrafe de Velvet Underground, por lo menos en su versión original, dentro del tercer álbum del grupo titulado simplemente Velvet Underground, no es de Nico quien para entonces ya se metía heroína por otros lares, sino de la baterista del grupo: Moe Tucker. Abrazo, máster.

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  2. Gracias queido erremental, va un abrazo de vuelta.

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