lunes, 26 de abril de 2010

Cuando el tacto toma la palabra

Ambas miradas, con sus ciento ochenta grados de amplitud, surcan el fluido espacio de la sala y el corredor hasta detenerse en las impenetrables líneas verticales que mueren en el techo. En las paredes, dibujados los huecos de las puertas; los marcos están quietos. La puerta al fondo del comedor está con sus bisagras extendidas: mariposas de fierro durmiendo en la madera. Un pedazo de cocina del tamaño de la puerta, inconclusa figuras de metal: alacenas mutiladas, un refrigerador partido por la mitad. Los ojos giran, rebotando de una mesa al cuadrito de niño con borrego, para ser expulsados hacia otro hueco en la sala. Ahí, se hunden hasta la pared del pasillo donde la mirada se desparrama y se introduce momentáneamente en las grietas –sexos de la pared–. Se deja ver la madera de cinco y medio escalones que parecen ya muy pisados. Los párpados de ella caen y parece que apagan la luz en cámara lenta. Ahora sólo ve ciento ochenta grados de oscuridad, con algunas insignificantes ráfagas de claridad mezclada con colores rojos y verdes algo opacos. Para él, puertas, ventanas, cocina, pasillo, rectas, mesas, mariposas, mutilación, borrego, escaleras, sexos; para ella, por el contrario, todo esto sigue existiendo. Pero al otro lado de sus ojos, en el más allá de su oscuridad. Sólo así se da cuenta de que ella tiene un pie sobre sus piernas y él una mano sobre ese pie. No quiere abrir los ojos: es mejor tenerlos suspendidos. El tacto y la imaginación únicamente, claro. Nuestro silencio no era nada especial, una situación un poco fuera de lo cotidiano, simple de explicarse por medio de nuestra callada nerviosidad. La casa sin ruidos era lo extraordinario y no extraordinario en el sentido maravilloso. La explicación era que ordinariamente tiene sonidos de niños, de calle, de papás y de nosotros mismos cuando hablamos. A pesar de estas circunstancias tan normales, nos sentíamos un poco raros y un tanto desconocidos. Cuando nos sentamos en el sofá, en un principio, ella había puesto sus dos pies sobre mis piernas, pero luego sólo quedó uno, el izquierdo. El otro lo dejó caído junto con toda la pierna, casi tocando con la punta el suelo. La pierna colgada parecía algún elemento que no era de ella, una pierna autónoma, ociosa, colgada de un sillón. Nos olvidamos de esa pierna inerte que no tenía nada que ver con nosotros, mientras que en el aire de la otra pierna notábamos una plena solidaridad. Yo sentía su pequeño peso, veía los ropajes que lo envolvían: su zapato con un pequeño hueco en el tacón, hueco que dejaba ver la calceta hasta media espinilla. La gamuza del zapato estaba un poco fría, pero el tiempo en que tuve mi mano rodeándola bastó para que se entibiara. El calor había logrado traspasar la piel, y mi muchacha, gustosa, había cerrado los ojos para gozar de la energía que se colaba más allá de la calceta.
Cuando deslicé la mano hasta la parte trasera, me encontré con el talón descubierto del zapato, pero arropado de calceta. Al sentir que los dedos habían llegado a ese recoveco, ella se sobresaltó queriendo retirar el pie, mostrando sincera vergüenza. La mano se lo retuvo utilizando un poco de fuerza, ya que la resistencia que presentaba el pie era normal en tales situaciones. A mí, particularmente, me gustó esta perturbación porque era necesario un toque de pudor; quizá si no hubiera existido esa reacción la magia del momento se hubiera derrumbado igual que el otro pie. Luego me di cuenta de que no usaba tan sólo una calceta: traía dos. La otra era más pequeña y dejaba ver su color amarillo tenue entre los orificios formados por el tejido de la de encima. Había llegado el momento de la respiración agitada y de hurtarle las últimas gotas de pudor. En un instante de arrebato, la mano le desabrochó la correa vivazmente. Con mucha finura le fue quitando el zapato hasta que el pie quedó pertrechado tan sólo con sus calcetas. Detrás de la tela, los dedos produjeron un movimiento; pudo ser para reprochar algo, o sencillamente de gusto. Ahora, la mano tenía ante sí al pie con sus ropas interiores. Daba la impresión de estar un poco indefenso, motivo que despertó en la mano ciertas ansias, hasta que un arrítmico temblor la invadió. La mano, con sus dedos nerviosos, optó por acariciar los dos montecitos que formaban el tobillo; al pasar la mano parecía que ambos huesitos se sobresaltaban, se insinuaba que había dilatación, que comenzaban a respirar. Los dedos se arrastraron por la curva del empeine, como deslizándose en la nieve, hasta llegar a los otros dedos. Se entretuvo rozándolos un poco para luego seguir por la planta del pie y detenerse en la curva trasera: el talón. Aquí, no tan sólo intervinieron los dedos, sino, inclusive, la palma de la mano. Quedó cubierta toda la redondez de aquella parte. El dedo pulgar se veía enérgico y sonrojado. Sin duda, se encontraba en pleno trastorno.
Ya el pie no pensaba en nada más que estrecharse con la mano, hundirse en la delicada situación. Por su parte, la mano, de un giro un tanto brusco, llegó hasta el comienzo de la calceta y la fue quitando con modestia. A medida que bajaba, la espinilla iba quedando descubierta y por entre los vellitos castaños se veía el resplandor de la propia limpieza. La diestra quedó un poco azorada al ver que la calceta amarilla tenue no aparecía; pero al fin, cuando el pie fue despojado de la calceta exterior, apareció el ropaje último que en realidad no era otra calceta amarilla tenue sino más bien un pequeño calcetín amarillo tenue que dejaba al aire la piel que le da vuelta hasta la pantorrilla. El calcetín apenas alcanzaba a cubrir los sonrojados montículos del tobillo. Ni la mano ni el pie supieron dónde fue a caer la estorbosa calceta; demostraron que ya no era de su interés y que ahora se encontraban, decididamente, en otro asunto. A estas alturas de los hechos pasan veloces. Inconscientes, se podría decir; la perturbación ha quedado disipada en el espacio y es sustituida por el suave ritmo de las caricias.
El dedo meñique parecía muy pícaro a diferencia del índice, que tomaba un aire marcial. Era evidente que se trataba de dedos contradictorios y que, de alguna manera, en épocas en que no estaban unidos, ni siquiera podían verse. Durante algún tiempo la mano acarició cada rinconcito del pie, pasando sobre el tejido casi de seda; sus dedos, entonces, se exaltaron con rapidez mientras que los del pie se movían en casi contorsiones insinuantes. La mano, presidida por el anular, que había sido el más activo de todos, pero callado, se introdujo por debajo del minicalcetín para despojar al pie de su última resistencia. Salió el sol, y se entrelazaron con lágrimas en las uñas. Entonces ya no hubo rubores; la defensa había quedado rota y la rudeza de la mano ya no existía.
Con estrechamientos y ligeros desligues la emoción corría a sus anchas en los desnudos pie y mano. Los dedos de ambos se encontraban penetrados, rozándose hasta el grito y hasta el grito último.
Más tarde los ruidos empezaron a entrar, las cosas volvieron a tomar su geométrica vida. En el pasillo se oyó un sonido metálico de puertas; la familia regresaba del frío. Ella, con los ojos cegados por las centellas, volvió a vestir su pie con cierta torpeza mientras él escondía la mano en el más hondo de sus bolsillos. Cuando la familia entró en la sala, los dos empezaron a ser cómplices para siempre.

1 comentario:

  1. meticulosamente descriptivo!!! me encanta !!! no me dejo fantasear...viví su fantasía...

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