viernes, 30 de abril de 2010

A escondidas

Si bien nos recuerda los juegos infantiles, la palabra “escondidas” tiene mucho más que decirnos si le ponemos atención y si tenemos la tendencia a buscarle tres pies al gato, lo que nos hace descubrir sus bigotes de budista.
Como ese día, cuando estaba escuchando la conversación entre dos amigos y uno de ellos buscaba con desesperación su pasaporte. “Ya lo perdiste”, dijo su compañero de viaje. Oyendo esto, se enfureció el otro y gritó: “No lo perdí, sólo no sé dónde está”. En el momento me dio risa porque la contradicción me pareció cómica, pero luego yo me quedé callada y pensé que esa pequeña frase era una de las más sabias que había oído en mucho tiempo. “No lo perdí, sólo no sé dónde está”. Como por arte de magia, unos días después, me llegaron a la mente los más remotos y borrados recuerdos de mi infancia.
Yo tenía, en particular entre la edad de tres y siete años, la costumbre casi compulsiva de esconderme, lo que ponía en revolución a toda mi familia que pasaba horas en ascuas. Trataban de encontrarme hasta en los lugares menos imginables, como en el sótano donde yo no entraría nunca, aunque cayeran las bombas, por el pavor que me dan esas telarañas pegajosas en la oscuridad. De ninguna manera hubiera escogido un espacio tan horroroso con el fin de pasar mucho tiempo en silencio y sin moverme. Mis lugares preferidos eran los que me permitían observar a los que me buscaban como locos y ver el espectáculo con toda comodidad desde mi escondite. Jamás me hubiera escondido tan lejos como para ya no poder oírlos, porque gran parte del juego era escuchar sus diálogos o esas famosas letanías necias que cantaban sin cansarse. Empezaban por las más conocidas: “Se perdió otra vez” y seguían con las amenazas: “Cuando la encuentre, ya verá”; después de la ira expresaban algo de esperanza: “Esta comedia no va a durar mucho más”o “Esto no va a repetirse”.
Mientras tanto, yo estaba encuclillada tras el mantel de la mesa y hubiera logrado, si hubiera querido, tocar cada suela de zapato grueso, o las puntas de zapatillas que saltaban como ranas locas en un charco lodoso. Si no me tapaba el mantel, escogía unos polvosos cojines amontonados en forma de pirámide en la esquina de dos muebles y sentía cómo pasaban todos cerca de mí, tan peligrosamente cerca que el sudor perlaba mi frente como lo hacía la lluvia contra el gran ventanal de la terraza. Tenía que asegurarme de que yo no estaba extraviada, pero que sí me escondía.
Con los años, se definieron mis gustos y sentí cada vez más satisfacción con mis escondites. Fue más completo mi gozo cuando aprendí a guardar el secreto hasta el último momento, hasta que el enojo latente se convirtiera por milagro en una gozo compartido. Era necesario esperar a que, a pesar de los muchos malos ratos que tuvieron que vivir por mi desaparición, estuvieran contentos de encontrarme por fin, y la suprema victoria era que yo no cargara la mínima culpa. La culpa recaía de manera irremediable sobre los que no supieron encontrarme. Mucho mejor que un milagro sin explicación; era como una proeza. En las novelas orientales y rusas, esta idea no tiene traducción. La proeza para el éxito de un cuento es atrapar el asombro del lector, algo como las mil y una noches en breve, o sea una noche, sin los detalles del color de los cerezales, pero sin omitir ni una sola sorpresa. Esto es esconderse y no perderse.
A los casi treinta años, tuve una recaída bastante entendible. Había tomado la decisión de dejar Europa para siempre y mudarme al continente americano. No recibí ningún apoyo de las personas que se despedía de mí con indiferencia. Los de América no me esperaban porque yo no conocía a nadie allí; allá estaba perdida antes de partir. Parecía que ambos lados apostaban en mi contra. Sentí que tenía que esconderme otra vez para observar desde un sitio con buena vista y, sobretodo, descubrir un escondite cómodo porque iba a estar mucho tiempo sentada. Escogí una desviación desconocida para aprender. Entonces, justo antes de irme, utilicé una nueva estrategia para despistar a cualquiera: perdí el avión a propósito. Me quedé en la sala de espera con mi boleto y mis dos maletas, alejada en cuerpo y alma de la gente que me creía en América. Estaba lejos, pero todavía muy cerca, demasiado cerca; era sólo una cuestión de latitudes. El momento más gozoso del viaje fue cuando mis conocidos me creían en el otro lado del océano y yo estaba en el mismo sitios de siempre; mis mejores amigos me imaginaban en un boeing y yo estaba durmiendo en un cuarto de hotel a dos cuadras de su casa. Sin querer, sólo por esa vieja costumbre, me escondí y pude pensar a solas.
Me encontré muchas veces más sin un sitio donde descansar, aun en mi propia casa y así me preparé a sobrevivir en paz en el resto del planeta. Logré perder muchos aviones y trenes para salir y llegar con tranquilidad a mi hora a escondidas. No es ninguna contradicción, es darse un espacio en contra del azar que siempre impone los encuentros. Es tener la fuerza de ir en contra de lo esperado sin dejar de ser bienvenido.
Recuerdo cuando era yo una llave, de esas llaves que se usan y se cuidan mucho, la del portón o del estudio sin ventana; me refiero a esas llaves que no deben perderse con facilidad. Es uno de los mejores papeles de actuación. Me encantaba esconderme como llave indispensable. Cuando estaba cansada de quedarme quieta dentro del pañuelo lleno de lápiz labial, sacudía un poco el llavero y hacía un ruido metálico inconfundible: ¡aquí estoy, por dios! Y me encontraban con mucha alegría: algunos estuvieron a punto de darme un beso, otros bailaron conmigo y me hicieron saltar en el aire; ninguno me jaloneó con brusquedad ni me tiró sobre el pasto. Me pusieron en un lugar acogedor, cercano y seguro, donde yo me sintiera querida e, incluso, indispensable. Otro papel que aconsejo para esconderse es el de cartera, muy similar al de la llave, pero todavía más emocionante, o también el de los últimos cigarros, aunque este guión sea mucho más agotador por lo desesperado. Esconderme como preservativo me involucró en dificultades, pero fue interesante; es un papel que puede dar fama a largo plazo. Los momentos más escabrosos y mal retribuidos fueron cuando me escondí como pastel de cumpleaños, llamada telefónica, ramo de flores, o carta de agradecimiento. Tomé altos riesgos y seguido provoqué un drama: aprendí que esos escondites tienen consecuencias fatales y no valen la pena; termina una siempre desdeñada, descubierta demasiado tarde.
En esa intrigante obra, el papel de buscador no debe menospreciarse; es la parte luminosa del guión, la que no se cansa nunca, que actúa con honestidad porque está convencida de que existe el objeto de su deseo. Sabe que los tesoros no están perdidos, sólo viven incógnitos en alguna isla, bajo una muralla, en un cofre cerrado con llave oixidada, quizá muy cerca, tapado por el polvo bajo la cama, en madrigueras o cuevas, en su refugio. El buscador no necesita ni ver ni sentir su presencia, nunca dejará de tener fe en su realidad.
Don Quijote es el buscador por excelencia. Nunca lo vimos tener miedo a la lucha permanente ni a sus sueños más locos uno que el otro, ni al ridículo. Esta persuasión, que nace de la necesidad de encontrar la cosa deseada, nos convierte en misioneros de una sola causa: hallar y hallarse en un mismo sitio. Nos lleva a ser parte de la cosa, integrados de tal manera, que el transcurso entre la búsqueda y el descubrimiento sea mínimo y, entonces, no se sabe con exactitud qué se esconde de quién, mucho menos por qué lo hace o si no lo hace.
El agua se disemina y sigue viva en el aire, el fuego está esperando en las venas de la madera, el ardor de la tierra quema las uñas después de rascar las capas de nieve helada. Nada se pierde, es la ley básica de la física que nos toca vivir. Nos transformamos, nos disfrazamos, nos escondemos. Esto implica que todos al mismo tiempo sigamos buscando un lugar donde alguien nos encontrará a buena hora. Nos es que nos hayamos perdido, sólo no sabemos dónde estamos. En ocasiones, ese “no saber dónde” puede alargarse una vida, hasta la vejez; es lo que me ha pasado a mí. Ya compré mi terrenito en el cementerio de Montmatre y he pedido que no pongan nombre alguno, sino la frase: Sólo no sé dónde estoy, sin cruces ni ángeles ni, mucho menos palomas, pues ellas son gregarias; vuelan un buen rato por aquí y por allá y regresan al palomario. Las palomas nunca se pierden, aunque sean mensajeras: ellas y sus dueños siempre saben dónde están.

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