martes, 18 de mayo de 2010

El Café

Los hombres que vivían en las altiplanicies de Abisinia, donde se situaría la cuna del café llamado Arábica, encontraron el medio de utilizarlo, tal vez en forma de bolitas compuestas de café machacado en mortero y grasa animal. Los orígenes de la planta del café son de tiempos inmemoriales, de millones de años atrás, pero el descubrimiento de sus características es un episodio perteneciente a la leyenda.
Los mitos responden a una necesidad de explicar ciertas cosas explorando el campo de lo maravilloso, que nos eleva sobre la monotonía de la vida, volviéndola de forma más compleja. La historia del café no escapa de esta regla, pues encontramos tres leyendas que punzan alrededor de su origen.
En primer lugar ubicamos la leyenda del Ángel Gabriel, cuya persona se reconoce tanto en los árabes como en los cristianos. Apiadado por las penosas vigilias de Mahoma, le ofrece la primera taza de reconfortante café; el Profeta bebe y recupera la salud y la fuerza viril, transformándose en un joven vigoroso, capaz de cabalgar cuarenta caballos y otras tantas mozas, lo que sin duda era un milagro.
La intervención de las cabras es una constante en las siguientes dos leyendas donde, según la primera, un pastor árabe, de nombre Kaldi, conducía un rebaño de cabras a través de una altiplanicie cubierta de matorrales en Etiopía. Un día, las cabras encontraron unas plantas de cafeto, las masticaron con algarabía. Llegada la noche, en vez de dormirse a la hora acostumbrada, se pusieron a danzar y juguetear para gran asombro de nuestro pastor, que vio cómo se comportaban así hasta el alba. Preguntándose cuál podía ser el motivo de aquel extraño comportamiento, el hombre caminó alrededor del lugar donde las cabras habían pastado y descubrió unos arbustos pertenecientes a una especie que hasta entonces nunca había encontrado. El pastor, con la incertidumbre arraigada en su conciencia, quiso probar aquel misterioso fruto de la naturaleza. La historia no precisa en qué forma lo degustó por vez primera, dice el experto cafetalero francés Michel Vanier. El efecto fue el mismo que en las cabras: el sueño no acudió a la cita y el pastor estuvo en danza la noche entera. Había descubierto el café. Quiso el azar, que un piadoso musulmán, el sufí Abul el-Shadhili, se encontrara con Kaldi, e hiciera una amplia provisión de granos de café y confeccionara unas bolitas que le permitieron, igual que sus colegas, prolongar la oración y la meditación nocturna y no ser ganados por el sueño.
La tercera leyenda de elementos similares a la anterior, coloca en escena cabras pertenecientes a una comunidad religiosa árabe llamada Chehodet. Las cabras salvajes de los religiosos pacían los magros pastos de la falda de las montañas. Le daban a la comunidad su pelo, incluso la piel, que proporcionaba sandalias a los monjes y los pergaminos destinados a recoger los versículos del Corán. Al ponerse el sol, las cabras dormían tranquilamente, como cualquier día; llegó entonces una noche en que la montaña resonaba con sus balidos y allá seguían, galopando por las pendientes. Los religiosos, según la leyenda, lo atribuyeron primero al hecho de que el ave nocturna, llamada vulgarmente chotacabras, que tenía fama de atacar a las cabras, rondaba por el lugar donde descansaban, algunos monjes las observaron durante muchos días y muchas noches hasta darse cuenta de que las cabras habían descubierto un nuevo arbusto y que al comerlo posiblemente gestaban tal inquietud. [continuará, mientras tanto tómense un café]

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