miércoles, 30 de junio de 2010

Joven dragón verde

ya sobre el tiempo de compensación y empatados, el Andrés Guardado dribla a Kabulí Singer, empujando la pelota hacia la banda derecha, la detiene casi en la línea del encalado rústico de los jamaiquinos, se adentra en ángulo hacia el área enemiga, le llega Surukomi pero el Guardado se vuelve a abrir hacia su derecha y merodea la zona de corner, da un giro hacia la izquierda un tanto trompicado pero queda en posesión del balón, mira hacia el área chica y descubre que Borgetti se desmarca al borde del área grande, Guardado le da un toquecito al esférico y, antes de que dos defensas lo amaguen, pega el chutazo de centro, el balón inicia su viaje

Willy Nebeir, un joven negro, se acerca a su Celine, una adolescente mulata, muy parecida a él en el rostro, pero con giboso trasero de volutas de humo canela y senos breves paraditos; se dan un beso. Ella lo abraza, lo jala y Willy cae sobre ella; giran entre las sábanas, haciéndose cosquillas. La luz tempranera de ese domingo se mete a través de las cortinas delgadas; esparce su luz tímida en la habitación menuda, paredes de madera. Suena, delicado, el disco Love songs de Bob Marley. La voz festiva y nostálgica se expande y toca la piel de la pareja.
Willy se pone de pie y alarga el brazo para tomar su camiseta a rayas amarillas y negras, pero Celine lo detiene tomándolo de la verga. “Toda vía hay un poco de tiempo”, dice ella. Sin soltarlo, ella toma un cigarro de mota a medio encender y lo prende; le da una honda aspirada. Se acerca al vientre del negro quien, con sólo ver los labios en forma de mamey abierto de la chiquilla, acercándose a él, ve cómo le viene una mediana erección, siente los labios gruesos de ella en la punta del pito, percibe el humo tibio y la boca de Celine pone categórica la erección. Nebeir suelta la camiseta y empieza a moverse con lentitud de atrás hacia a adelante y, de pronto, la nena deja ir su boca hasta sentir la flexibilidad de su garganta. Ella se entretiene un rato, se pone en pie y ambos caminan hacia fuera de la habitación
Willy le agarra las nalgas a Celine y ella le levanta el culito, juguetona; el hombre le pone saliva pastosa en el ano y le deja ir una verga morada y semicurva; la chiquilla se empuja fuerte hasta quedar de plano ensartada. Así, sin separarse, ella medio inclinada, avanzan copiando pasos de reggae hacia la mesa del comedor, donde él ha dispuesto varias cajitas de madera, que contienen diferentes holyherbs, las sagradas hierbas al gusto de ellos. Celine mete los dedos en una caja anaranjada con una hierba verde limón mientras se contonea, sale y entra.
—Exacto, baby –dice él—, saca un poco de esa y agrégale algo de kali rojiza y una pizca de la verde seco —ella va ejecutando las indicaciones sin dejar de cojer y pone las hierbas sobre una revista de deportes.
Willy se acerca, mezcla el montoncito y prepara con papel arroz un puro semejante a los que fumaba Marley. En el incensario, recargada en la mesa, haciendo círculos con el trasero, Celine prende inciensos de cedro y alecrim, cuyas hebras de humo dibujan trayectorias etíopes en el aire.
—Energizing y armonizing, my love, para que me regales un gol —dice ella.
El entrenador ya le había dicho a Nebeir que se cuidara de la putita esa, pero ella demostró ser la mejor fan de Willy la noche que el equipo celebró el aniversario de Haile Selassie I. Danzó frente a él un ritual hasta que los ojos de la chica se volvieron blancos y se masturbaba con evidencia frente al número 7 del equipo. Desde esa noche Willy no se la quitó de encima ni lo deseaba.
El muchacho le entrega el cigarro a ella mientras le da con enjundia; Celine se lo enciende con el incienso; una aspirada profunda casi pone de puntitas a Celine. Le acerca el cigarro a su compañero, quien le da una aspirada de casi un tercio de churro. Así van coje y fumando, fumando y coje, hasta que caen al piso. Nebeir la toma del cabello, se lo jala, ella para alto las nalgas y Willy se masturba hasta bañarle culo y espalda. Ella grita de placer, mientras también se masturba con severidad el clítoris. De súbito, el jugador cae sobre ella y así se quedan unos segundos respirando ruidosos. Willy le dice que ella siga fumando mientras él guarda los zapatos de futbol en la mochila. Se pone en pie y se retira. Hasta la recámara escucha las escandalosas fumadas de Celine.
Los jóvenes terminan de vestirse; ambos llevan la camiseta a rayas verdes, amarillas y negras con el número 7. Ella se pinta unas cejas delgadísimas sobre la cara redonda; arriba del tocador se encuentra la efigie de Haile Selassie I, el cristo rastafari; a su lado, una foto a color de Bob Marley, donde el músico fuma una especie de puro de marihuana y sus dedos finos, tal vez sobrenaturales, sobresalen entre los demás aspectos, como su cabello de largos dreadlooks.

el balón se eleva, roza el hombro de uno de los dos defensas que caen sobre Guarado, cambia su trayectoria unos grados, Chícharo Hernández se detiene, regresa un par de metros, recibe el centro matándolo con el pecho, el balón se le escurre un poco, le mete la rodilla panda, la está controlando con sus zapatillas blancas, el medio Truker Moabí le llega por detrás en una barrida limpia y lo despoja del esférico, el cual va a dar a la pierna de Surokomi, de inmediato la entrega a Singer quien la adelanta unos metros hacia su banda izquierda, en ese instante le caen dos ratones verdes pero antes manda el balón hacia media cancha, donde la domina Jeremy Douglas, se acerca al área grande mexicana, Torrado lo estorba y Douglas lanza la pelota de nuevo hacia la banda izquierda, salta Carlos Salcido para romperla de un cabezazo, el balón pasa un milímetro de la testa del defensa azteca, dibuja una lenta parábola donde se miran los gajos blanquecinos y los raspones en el poco pasto de la cancha, va girando como un breve planeta que evita la ley de la gravitación, el defensa mexicano Ricasrdo Osorio corre hacia el punto donde caerá el balón, mientras observa que el jamaicano con el número 7 realiza el mismo esfuerzo, el balón comienza a bajar

Willy sale de la recámara y abraza por la espalda el cuerpo delgado de la fan; ella, sin desanudarse, le pasa el puro de la mezcla de holyherb. Junto al oído de ella, el joven da una fumada prolongada, inflamando los pulmones y suelta el humo en forma de hongo horizontal. El hongo humoso se enreda con los humillos de alecrim y cedro; entremezclados, generan aromas exóticos, seductores, soñadores. Celine se deshace del brazo que la sujeta, gira, le quita el toque a Willy y ella misma le ofrece otras dos fumadas de larga duración; luego ella fuma imitando los gestos de su pareja. Baila un momento al ritmo de “Waiting in vain”, célebre canción marleyana; la delgadez de la cintura de la joven coordina con la cadera generosa y las piernas largas, brillantes. El muchacho se le acerca con pasos desarticulados, semejantes a los que utilizó en el rito Nayabingi cuando se unió a Celine en el que se leyeron los pasajes bíblicos más sensuales, combinados con cantos heréticos del Edén Rastafari, la vieja Etiopía; los sacerdotes ofrecieron las marihuanas más medicinales, espirituales y religiosas. Fueron los mismo sacerdotes los que organizaron el Gran Nayabingi para desearle suerte a su selección nacional de futbol, pero aquí las marihuanas fueron poderosas, maniacas, exaltantes, y bailaron tres días.
Willy da vueltas a manera de muñeco descuadernado y lleva el puro entre los labios; exhala el humo por la nariz semejando un joven dragón negro que se contorsiona en el aire. Celine se le acerca al dragón y le arrebata el ya pequeño cigarro y se lo lleva a los labios, sin perder el ritmo.
El día se aclara desde las cortinas delgadas y lanza una luz brillante, parecida a la que produce media botella de mezcal. Los jóvenes van danzando cada vez más despacio hasta alcanzar una lentitud de zombis; uno al otro se dan los último humos de la bacha. Como si lo hubieran planeado, el disco de Marley termina cuando fenece el puro rastafari.
Ambos regresan a la recámara. Ante la imagen de Selassie I, hijo del originario Ras Tafari Makonen de África, levantan los brazos, dicen algún rezo pagano, le piden que sea intermediario para recibir la petición a Jah, el dios rastafari. Se besan, se abrazan, Celine le desea la mejor de las suertes en el partido contra la Babilonia mexicana.
En ese momento, tocan a la puerta; salen de la recámara, Willy abre y se encuentra con la cara de Surumoki, defensa lateral. Él dice que se apuren; Willy toma su mochila y Celine su sombrero de rayas verdes, negras y rojas, los colores de la selección rasta. Se suben a un microbús donde van otros jugadores; perciben el aroma exaltante y maniaco de la kali poderosa. El entrenador ve con ojos de ametralladora a la muchacha, pero ella sólo arquea una ceja delgadita y pinta media sonrisa en la cara. El vehículo avanza entre las calles pardas de Kingston, donde van grupos de gente hacia el estadio: banderas, humo, pintarrajeados, humo, camisetas verde-áureo-rojizas; banderines de humo, humo, humo, aletean en el aire cálido.

el balón sigue bajando, gira sobre su eje con mayor lentitud, Ricardo Osorio hace su mayor esfuerzo, mira de frente y reconoce al jamaicano que va igual de decido que él, se trata del que le dicen Willy, el negro más joven del equipo de Jamaica, Osorio adelanta la pierna, la extiende, la avienta con el cuerpo, el balón está a punto de pegar en el campo, Willy Nebeir también alarga la pierna, barriéndose, en ese momento ambos pies se topan con el esférico, el cual hace un raro en el aire y cae detrás de Osorio, Willy se reincorpora ágil, salva a Osorio, le da un toque suave al balón y se adentra en área grande mexicana, cuando nota que Ricardo Osorio y otros dos le están dando alcance, Willy chuta la pelota con el empeine izquierdo y ve cómo se levanta el balón sobre la primera cabeza mexicana, más atrás Rafa Márquez, Efraín Juárez y Carlos Salcido saltan en un mismo impulso para recibir el balón con la testa, del lado jamaiquino pega Duglas un brinco de pantera resuelta, los cuatro cuerpos se rejuntan y las cabezas se inclinan hacia donde viene el balón, Juárez va más abajo, Salcido en medio y luego la cabeza de Márquez, el defensa mexicano acerca muchísimo la testa a la pelota, pero Douglas, por una micra, logra dar el cabezazo maniaco y el esférico sale a unos cincuenta kilómetros por hora hacia el costado derecho de la portería fiscalizada por el Conejo Pérez, quien inicia un instintivo salto de gorila jadeante

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