martes, 21 de septiembre de 2010

Pájaro carpintero

Llegué al manantial cuando un sol dorado caía y lanzaba su último resplandor en las aguas serenas y en los bordes de la floresta que se detenía ante la humedad. Me puse de rodillas y miré mi rostro, como otras tardes, ante el líquido cristalino. Veía el parche de cuero de mi ojo izquierdo y la nariz puntiaguda, con la cual me había ganado el sobrenombre de Pájaro Carpintero. De pronto, tras mi reflejo, vi aparecer confusos rasgos del rostro de una doncella; tal vez mi cara se estaba transformando, un ensueño solar o la señal que durante tanto esperaba sin yo saberlo. Un momento después, emergió lentamente el rostro de la dama, los ojos cerrados, los brazos y los pies desnudos; un vestido de flores grises, azules y amapolas. Pensé que sería la bella ahogada que mencionaban los abuelos. Su piel translúcida parecía que dormitaba.
Me puse de pie y pude disfrutar la apacible hermosura de aquella mujer que el manantial había puesto bajo mi mirada.. En definitiva, esta era la señal. Poco a poco el cuerpo de la joven empezó a desplazarse hacía la zona más oscura del estanque, donde los árboles de flores acongojadas esparcían sus sombras.
La bola dorada del sol se fue apagando con lentitud; el manantial se fue poblando de bruma que se enredaba con las sombras densas de los árboles. A pesar de que la oscuridad se iba apoderando del aire y el agua, la doncella emitió un resplandor que me permitió observarla y seguirla, bordeando el manantial.
Me descalcé las botas, me quité la ropa y me introduje en las aguas, cercano a la joven, en cuyo rostro alcancé a vislumbrar un ligero cambio, como si deseara configurar una media sonrisa. La tomé de la mano y tenía la consistencia del coral. Una fuerza que venía con las aguas nos hizo avanzar otro poco, pero caímos en la órbita de un remolino. Nos jaló hacia su centro; yo apreté instintivamente la mano de la mujer y, de pronto, sus dedos también me apretaban. Nos fuimos hundiendo en la espiral; intenté soltarla pero me sujetó con fuerza. Primero topamos con el fango del fondo, la corriente nos hizo avanzar hacía una caverna donde entramos.
Ella me soltó la mano, abrió los ojos y vi la profundidad de un alma con pasiones inquietas, aunque cubiertas con cierta melancolía; mi hundimiento en esa mirada fue inevitable y sentí tranquilidad. Entonces, la doncella esbozó una media sonrisa, se puso de pie con parsimonia, me tomó suavemente del brazo y me llevó a un lecho de líquenes. No le había importado mi nariz ni el parche que me cubría un ojo; era como si yo fuera otra persona.
Más que yo a ella, fue la dama la que me hizo el amor, cautelosa, silenciosa, enternecida, ondulante, ensoñada, cálida, desbordada, en el abandono. Mi cuerpo la fue acompañando en cada una de sus manifestaciones. Antes de terminar de sumergirme, intuí que ella me esperaba desde siglos atrás o que yo la había buscado a través de varias vidas. Oí hablar de ella en la infancia pero nunca me imaginé que yo me enamoraría de la bella ahogada. En el instante del orgasmo, brotaron pequeños peces platinados y anguilas nerviosas.
Aquí vivo ahora, en la caverna del estanque, junto a la doncella. Cuando la bella ahogada da a luz, lo cual sucede cada tres meses, nacen centenares de peces voladores blancos con una mancha negra en un ojo y la nariz puntiaguda, como breves peces espada. En las noches de luna llena, la dama y yo salimos al aire del manantial y vemos a nuestros hijos volar y sumergirse en el agua hasta que llega la aurora. Es el momento en que mi compañera y yo regresamos al lecho de líquenes. La gente del burgo le llaman El Manantial de los Peces Carpinteros. Es la forma que tienen de recordarme. Yo no los extraño.


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