miércoles, 23 de marzo de 2011

El hombre que mira de lado

Sintió la pistola en el costado derecho de su cadera, bajo el saco. Su corbata negra parecía una larga y famélica lengua. La tarde se había convertido de pronto en un borrón cenagoso. El hotel estaba a una cuadra, el letrero ladeado. En uno de los últimos actos de su vida, vería de frente al coime del hotel, a los ojos, directo, sin vergüenzas angustiantes. Mientras se puso en marcha, recordó que sólo había visto a los ojos a un par de ancianos moribundos. A la demás gente, siempre se le imposibilitó verla de frente. Esta manera de ver sin ver a los demás le provocó que los ojos se le dislocaran. Aunque su madre le ordenara “Míreme a los ojos”, el hombre no podía. Tampoco pudo mirar a los ojos de su esposa, pero ella así lo quiso, esquivo, apocado, medio feo. Ella no era, es cierto, ninguna beldad. Ni siquiera a sus hijos, los dos mayores ya casados, lo podía ver a los ojos.
Se cercioró de que la pistola estuviera en su lugar, próximo a la entrada del hotel. Como un sentenciado a muerte, empezó a recordar momentos de su vida. De niño, nunca supo por qué su padre lo mandaba a comer en la cocina, con la sirvienta. Ya adolescente, su madre lo llamó y le dijo que iban a hablar de mujer a hombrecito. Le contó que cuando él había nacido, su padre exclamó que no iba a ser hijo suyo un trozo de carne tan feo. Que por ello comía en la cocina y era la razón de que estudiara en escuela pública, mientras sus hermanos iban a la de colegiatura; un camión los llevaba y los traía a la puerta de la casa. Por ello él tenía que irse en autobús y en pesero, en el metro y caminando. En el colegio, los maestros lo adoptaban de mozo; iba por cigarrillos, les borraba los pizarrones, les boleaba los zapatos. El de sexto año de primaria lo violó en varias ocasiones, pero esa experiencia no le cambió el sexo; pensaba que era su obligación empinarse ante el maestro durante algunos recreos. Sus compañeros lo apodaba “El Chueco”, apodo que ha llevado hasta los 63 años. Ellos eran más crueles con él; por ejemplo, lo azotaban en cualquier parte del cuerpo, le metían la cabeza al inodoro. En una ocasión hubo un gran lío, pues casi le desprenden una oreja, la cual le quedó más abajo que la otra. Esto le sirvió de alivio para no ir a la escuela durante un mes.
Abrió la puerta del hotel, el pasillo se veía a media luz, se acercó a un mostradorcito. Un hombre de tirantes y corbata de moño lo esperaba. El Chueco tomó valor, desladeó los ojos y miró de frente al hombre; éste le preguntó que si venía acompañado. Ante la pregunta, no pudo evitar revolver de nuevo los ojos y mirar de lado. Respondió que no, que la habitación era para él, que allí pasaría la noche. Subió al cuarto y nada más encendió la luz, las cucarachas corrieron a esconderse. A él no le importó, se fue hacia la venta, descorrió las cortinas y vio cómo la ciénaga de la tarde se convertía en oscuridad terrosa. Sacó la pistola y la puso en el buró, se recostó en el camastro. Pensó en el discurso que dio un compañero de la oficina con motivo de la jubilación del Chueco dos meses atrás. El hombre empezó a hacer alguna broma, como aquella de que El Chueco tenía los ojos de aeropuerto: mientras uno subía el otro bajaba; y luego otro chiste y otro. Los demás se aguantaban la risa hasta que explotó una aquí y otra allá, generalizándose; el chueco notaba cómo les salían lágrimas a los bromistas, en especial al gerente general. Cuando llegó a casa, le comentó a su esposa y ella le dio la razón a los de la oficina. Le dijo algo así como que a esa cara y a ese cuerpo de costal desgarbado sólo le faltaba hacerle bromas.
Ella se había opuesto a que su marido se jubilara. Le dijo claramente que no lo quería tener todo el día en la casa. No era que él no deseara seguir trabajando en la notaría, sino que sentía una fatiga profunda. El primer mes de su jubilación se la pasó acostado por completo; nada más se levantaba por comida, dormía y no pensaba en nada. Uno de los últimos días, el mayor de sus hijos le reclamó que estuviera de flojo, pero El Chueco siguió en la cama. Una noche, se juntaron los tres hijos, dos nueras y su mujer y, tomando la palabra otra vez el mayor, le dijo que o se levantaba o lo internaban en una casa de asistencia. Sin mediar palabra, El Chueco se levantó, no miró a nadie a los ojos, se puso su traje pardo, una corbata negra como larga y famélica lengua. Los demás se salieron y todavía escuchó al menor exclamar en voz baja “Pinche Chueco”. Antes de salir, tomó la pistola que se ganó en un sorteo de la notaría. Se dijo que ya era tiempo y se dirigió al hotel. Un par de cucarachas se le suben al rostro y no les dice nada. Poco a poco otras se suben a su cuerpo, se meten bajo su ropa. El Chueco permanece imperturbable, extiende el brazo, toma la pistola.

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