lunes, 18 de abril de 2011

Artista precoz

Antes de entrar al movimiento estudiantil del ‘68 y de haber estudiado a Marx, Engels y Lenin, ya había leído, entre los 15 y los 19 años (edad que tenía en el ‘68), a Sartre, Camus, Curzio Malaparte, a Becket, Arrabal, al Marqués de Sade, Herman Hesse, Kafka, Khalil Gibran, a Lorca y Hernández; a Garcilaso y Fray Luis de León; Bradbury y Asimov. De los mexicanos a Revueltas, José Agustín y no recuerdo a quiénes más; por lo que se ve, era una ensalada. Se distinguían en mí, eso sí, el existencialismo asociado con el absurdo becketiano y lo kafkiano. A los 14 años empecé con la bebida fuerte, sin dejar de leer. Como se puede ver, no me inicié con Stevenson ni London ni Verne, ni Conrad, ni con otros autores sugeridos para la adolescencia y la primera juventud. A los 16 años ya había leído 120 días de Sodoma y Gomorra de Sade; luego vinieron Joyce, la Woolf, la Carson McCullers; es decir, literatura fuerte, distante de la latinoamericana. Ante esto, ya nada me podía espantar. Mi participación en el ‘68 estaba conducida más por esta serie de escritores rebeldes en su literatura y sus reflexiones. Aunque, desde luego, las figuras del Che Guevara y Camilo Cienfuegos me resultaban atractivas. Después del 2 de octubre del ’68, me vino a la mente una frase que recuerdo muy bien “Tengo que escribir sobre lo que pasa en mi entorno”. No quería decir que me volviera un escritor de sesgo político; entendía la frase en el sentido de escribir sobre todo tipo de gente, desde ancianos, niños, amas de casa, etcétera. Es decir personajes y circunstancias que, a mi parecer, habían estado fuera de la literatura mexicana. Andando, andando, me puse a escribir. El primer libro que escribí se basaba en el formato de las pintas de los movimientos estudiantiles de Francia y México, pero adaptados a la mexicanidad. Lo nombré “Mínimos poemas”, pero un par de meses después salió el libro de Efraín Huerta Poemínimos, lo que vino a darle al traste a mi libro, el cual destruí. Escribí poemas de versos muy largos pero, leídos con el dramaturgo Germán Castillo, resultó que eran más cuentos que poemas. Así que me dediqué a pasar los versos a prosa con sentido de cuentos. De ahí surgiría Cuando el tacto toma la palabra, mi primer libro de cuentos.

Mi inquietud artística se gestó por influencia de mi padre, William Samperio, requinto del Trío Tamaulipeco, compositor, tocaba el piano y el acordeón. En la casa se escuchó música popular como a Las Hermanas Águila o José Alfredo Jiménez y otros. William fue luego director artístico de las disqueras Orfeón y Dimsa; lanzó a los primeros grupos de rock mexicanos como a Los rebeldes del rock, Los locos del ritmo y a algunos solistas. A mi padre iban a dar los LPs que llegaban de distintos lugares del mundo para que eligiera qué promover aquí. Como la casa estaba llena de discos, pude escuchar la multiplicidad sonora del mundo. Además, cerca de mi casa de Clavería, habitaba mi tío Luís Burgos, barítono y pintor; tres tardes a la semana, de los 12 años hasta que aparecieron The Beatles, me hizo escuchar las mejores arias de ópera del mundo; mientras, con su gran biblioteca de pintura y arquitectura, me fue mostrando la historia de ambas disciplinas, desde las Cuevas de Altamira hasta Picasso. Me hacía ver los detalles, el tipo de aplicaciones en la pintura, lo mismo que en las construcciones. Si veíamos la pintura gótica, me mostraba edificios góticos y así con cada movimiento artístico. Es decir, recibí un largo curso de ópera y pintura. Ante todo esto, no podía salir yo más que artista, sumándole que en la colonia había un cine que proyectaba tres películas diario. Vi el cine de oro mexicano y lo mejor de Hollywood. Y seguí bebiendo y siempre fuerte.


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