lunes, 6 de junio de 2011

Sí, no y sí de la escritura

En verdad lamento todavía haberme alejado de mi tío Luis Burgos cuando aparecieron The Beatles, pues muy bien hubiera podido combinar la música clásica con el rock. El asunto es que desde el rock, a la muerte de mi padre cuando tenía yo 18 años y medio, mi trabajo en el Instituto Mexicano del Petróleo (IMP) y la militancia política, todo fue vertiginoso.
Influido por mi tío Luis, empecé a tomar clases de dibujo de imitación y luego me incorporé a la Escuela de Diseño y Artesanías del INBA para estudiar vitrales; lo cual dejé, ya que montar un taller de vitrales, requería de una inversión mayor. Empecé a dibujar y a pintar, siendo miembro de una de las muchas Comunas de aquella época; en la que yo estaba, teníamos 3 casas y seríamos alrededor de 70 hippies, muchos dedicados al arte.
El problema que le vi a la Comuna, y por ello me salí, es que los mayores se volvían nuestros padres, sus parejas nuestras madres; los que les seguían de edad, nuestros tíos, y la bola éramos el chinguero de sus hijos. Experimentamos con drogas, recuerdo que en una ocasión, 3 de los cuates se echaron entre 30 y 40 semillas que conseguimos por ahí y tardaron 3 días en bajar. Mientras, hacían desmán y medio: se encueraban, se querían tirar por la ventana, se masturbaron y nosotros nada podíamos hacer más que cuidarlos.
Por mi lado, yo entré en crisis ante la pintura: de un día para otro regalé todos mis materiales, incluidos lienzos, pinceles, pinturas y cuanta madre. Como me había vuelto ya un lector empedernido, decidí empezar a escribir; me incorporé a los talleres creados por Juan José Arreola en el Casco de Santo Tomás del IPN; en ese tiempo todavía respetaba el taller e iba en mis cinco sentidos. El primer día que asistí, el Mtro. Andrés González Pagés me pidió que leyera un cuento y luego otro y después otro. Los comentarios de mis compañeros y del maestro mismo fueron más o menos ligeros; luego, el Mtro. Pagés, en un apartado me dijo que estaban publicando una revista del IPN de nombre Juego de palabras y me pidió dos cuentos.
No lo podía creer, pues no tenía aún una autocrítica. Durante 3 o 4 años escribí una veintena de pequeñas historias y me retiré del taller llamado por la política de izquierda, en la cual ya militaba. Un año después, el Mtro. Pagés me llamó para pedirme textos para un libro y le dije que ya no escribía (y era verdad), me dijo que qué hacía y le respondí que escuchaba a los Rolling Stones, rió forzado y me dijo que lo pensara y me llamaría en 15 días.
Lo pensé y me dije que no era mala idea; abrí la caja de materiales, seleccioné una docena de cuentos y armé un librito. Cuando me llamó Pagés, le dije que ya lo tenía y hasta él mismo pasó por el libro; ese accidente me hizo cosquillas en los dedos. Era finales del 73’ cuando vi una convocatoria para becas INBA-Fonapas y, como se tardaban en publicar mi libro que se llamaría Cuando el tacto toma la palabra, tomé de él los mejores textos y los mandé para la beca, la cual gané y el maestro sería Augusto Monterroso.

Empezamos a trabajar a principios del 74’, el primer día nos llevó a una cantina a los 3 becarios; los otros 2 eran Luis Chumacero y Bernardo Ruiz; yo iba con toda la facha de hippie y los otros 2 con facha de niños bien. En el IMP me dieron permiso de asistir al taller, pero debería pagar las horas los sábados, pero como ya era un habilísimo dibujante, sacaba la chamba rápido y me ponía a corregir textos o a leer las recomendaciones de Monterroso. Los martes, día de taller, iba al IMP (muy al norte) a checar a las 8 am y una hora después salía hacia la Capilla Alfonsina en la Condesa; sacaba mi gordo churro de marihuana, me lo fumaba con gusto, escuchando a Jimmy Hendrix.

1 comentario:

  1. Wow!

    Me gustaría que alguien se interesara así por mis cuentos... un felicidades atrasado es lo que te doy.

    YoSabina

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