martes, 6 de septiembre de 2011

Una carta más a Julio Cortázar

Cuando Hernán Lara Zavala, tan buen escritor como amigo, me invitó a escribir algo sobre ti. Acepté en la nebulosa, sin saber de qué hablar y aún sin la certeza de cumplir mi palabra. Tal vez Hernán percibió algo y, antes de despedirnos, me dijo: “Una de esas cartas como las que tú escribes”. La frase iba directa a mi vanidad, lo cual me retrajo más.
“Como la de Juan García Ponce”, ejemplificó, “tan sentida”. Acepté, te digo, en la nebulosa. Pasaron los días, olvidé el compromiso. Por un tris no estaría escribiéndote ahora. Como le sucede a tus cronopios, me topé con la nota de Hernán en un montón de tarjetas, recados y documentos. Ya estaba de Dios, diríamos. Cuando escribí la de Juan fue por una necesidad íntima. En este caso, aunque tenía mucho que agradecerte, supuse que escribiría mejor un ensayo breve en forma de epístola.
Viniendo hacia mi casa desde la oficina, recordé que había querido escribirte una carta cuando aún vivías. Pero nunca me atreví, siempre encontré un motivo para no hacerlo; a pesar de que tenía un buen intermediario. Hoy, que ya es inútil, te la escribo. No sé si ganó Lara Zavala o mi vanidad.
Pensaba iniciarla por las coincidencias fantásticas que conectaban algunas experiencias de mi vida contigo y tu literatura. Tenía yo veinticinco años, más o menos, y no sé cuantos principios de locura. Con un grupo de dibujantes técnicos de mi edad, fui a buscar trabajo al norte del país en una empresa de Chihuahua. Vestidos del incómodo traje, hicimos el examen al mediodía y, después, dimos una vuelta por el centro y nos aposentamos en un bar. Entre botana y trago, llegó la noche y, con ella, la falta de dinero para seguir la farra. Yo cargaba tu libro de Relatos, aquella edición azul de pasta dura, que todavía conservo, publicada por la Editorial Sudamericana. Mientras esperaba el turno de mi examen, releí un par de cuentos. Y en el bar, no me separaba del libro, por temor a extraviarlo. Iba y venía con él al baño. En una de las últimas idas, estaba concentrado en mi escala técnica, con el libro bajo el brazo. Junto a mí, un señor de camisa a cuadros hacía su propia escala. Noté que me veía y pensé que nada más me faltaba el acoso de un homosexual. Pero el hombre veía el libro.
–¿Usted conoce a don Julio Cortazar? –lo dijo así, sin el acento de la primera “a”.
Por mi mente borracha pasó la propaganda política que había visto por la tarde, donde lanzaban como diputado a un tal Julio Cortazar, sin acento en la primera “a”, como lo utilizan los Cortazar de Chihuahua. Cuando lo había descubierto, pensé que debías verlo para creerlo; y lo comenté con los demás dibujantes. “Parece que el candidato a senador se llama Mario Vargas Yosa con ‘y’ griega”, dijeron.
Frente a esos muros de publicidad insólita, donde estabas tú y no estabas, en medio de las bromas que encadenamos, empezó a desplegarse mi proceso de sensaciones ficticias en aquella ciudad. En los mingitorios, escuchando la pregunta del hombre que orinaba a mi lado, se acentuó mi irrealidad. No reflexioné demasiado la respuesta, pues noté en el señor un especial interés no hacia tu libro, sino hacia mi posible relación con el candidato Cortazar.
—Sí –le contesté sencillamente–; trabajo con él en la campaña.

Mientras nos subíamos las braguetas, me dijo:
—No sabía que escribiera. ¿Qué tal? –sus ojos señalaron el libro y su tono era de complicidad irónica.

—Bien –le contesté–, muy bien –no me dejarán mentir tus porristas y admiradores.

El hombre fingió avergonzarse un poco. Me dio algunas explicaciones con frases sin terminar; citó dichos de la región. Quería agarrar el libro, pero yo no lo dejaba. Volvía a extender el brazo y yo daba otro paso hacia atrás. Es que antes debía lavarse las manos. Entendió cuando yo me las fui a lavar. Con manos aseadas, se lo presté y lo hojeó en su ebriedad, recargado contra el mosaico azul.

—Primera noticia –dijo y volvió a decir a la salida del baño. Y me regresó Relatos.
Llegué a la mesa de los dibujantes; varios eran lectores tuyos y miembros de un club literario que formamos a tu nombre. Sin que nadie la hubiera pedido, de pronto, entre nuestras palabras juguetonas, el mesero nos puso una nueva botella de ron junto a los ceniceros llenos y vasos vacíos. Nos miramos inquiriéndonos.

—Se las manda el señor –dijo y nos indicó un lugar de la bruma.

A lo lejos, distinguí al hombre de la camisa a cuadros. Movía el brazo como de ovación en un acto político. Yo le respondí de la misma manera. Estuvimos intercambiando señales con vasos y copas y, al rato, ya lo teníamos allí, quitándonos la palabra a todos. Que tenía trescientas cabezas de ganado detenidas en la frontera y no se las dejaban pasar. Que si bien eran chiquillas, no reglamentarias, pues, ¿por qué a otros sí les daban trato preferencial?

—Me parece que don Julio quiere enderezar las cosas –dije y le ofrecí mi copa para brindar.

Nos hablaba de su amante, un tal Lucy, de su actual mujer, una tal Chela, y de su exesposa, a quien nombraba como, Alejandra, Ale, o Mi Ex, de manera alternativa y mezclándola con los nombres de las otras. De ahí se iba al asunto de los caballos, su pasión en la cría y la competencia. A momentos preguntaba que si nosotros creíamos que don Julio podría hacer algo por él. Tal vez, es probable, habría que verlo, eran nuestras palabras. La cara del ganadero se ensombrecía, pero era la sombra que nos alumbraba. Pidió otra botella y mandó a llamar al trío. Entre todos, le pediríamos unos treinta y cinco boleros. El ganadero intentaba cantar con ellos y lanzaba frases tipo “Me estoy acordando de ti”. Yo no sabía a cuál mujer se refería con sus gritos. Cuando el trío se fue por fin a otra mesa, le pregunté y me dijo que en ese preciso instante le estaba doliendo su Ex, la más sola.
Luego, los dibujantes y yo nos pusimos a contar chistes; al ganadero le gustaban los racistas. Nos burlábamos de él a sus espaldas, aunque se diera cuenta el mesero. Como ya iban apagando el recinto, pidió la cuenta, liquidó la de las dos mesas; en su carro fuimos por mariachis chihuahuenses. En el camino, nos decía que deseaba que conociéramos su casa y sus caballos. Unos pocos dibujantes se preguntan que a cuál de la tres y los demás formábamos con los labios la palabra “Ex”. Y sí, la mayoría tuvimos razón; nos llevó a la casa de Alejandra, Ale, Mi Ex, una mujer de cabello negro en la declinación de la madurez. El hombre de camisa a cuadros despertó a la familia y la empujó a que se incorporara a la parranda. Los mariachis y él le cantaron una docena de canciones a Alejandra y a los caballos; la mujer iba envuelta en una bata guinda. En semicírculo, se pusieron la sirvienta, un niño y dos jovencitas. El ganadero dio órdenes y pronto estábamos bebiendo con botana de carne seca, limón, chile y queso asadero. A las muchachas se les dificultaba ocultar su molestia, pero tuvieron que bailar con nosotros. Como en la sexta canción, se pusieron ya un poco sueltas y los dibujantes les empezamos a meter mano, incluida la sirvienta.
El niño andaba desatado, como toro loco, bebiéndose los asientos de las cubas. La mujer de bata guinda, bebiendo un tequila impuesto por el hombre, se quejaba con él de sus limitaciones materiales y el colegio y los autos y la tarjeta bancaria terrible. El ganadero le ofrecía un viaje secreto al mar.
Cuando entró por el ventanal el amanecer, nos tuvimos que empezar a despedir. Acordé una cita con el fumigado hombre de camisa a cuadros para comer en el restaurante del hotel Calinda y le tendría las seguridades de una respuesta positiva de parte del candidato. Nos pidió un taxi y nos fuimos al hotelucho donde dormíamos de a dos dibujantes por cuarto. Todavía pasándonos la botella en el camino, te agradecíamos en voz alta, a la distancia, que nos hubieras disparado la noche maravillosa.
Con una cruda inmensa, enfundados en nuestros inevitables trajes, con cuarenta grados a la sombra, al día siguiente volvimos a la empresa. El jefe de personal mencionó a los que habían pasado la prueba; yo no estaba entre ellos. Ya estaba de Dios que no me dedicaría al dibujo técnico para siempre. Regresé a la Ciudad de México con el sabor fabuloso e inmaterial de la experiencia. Pensé en escribirte la carta, diciéndote que habíamos entrado en una de aquellas grietas que tú mencionabas.
Así pasaron veinte años, nunca escribí la carta. Releyéndote, llegué a pensar que habías descubierto el lado sobrecogedor de nuestra brutal vida cotidiana. Semejantes a este suceso de prodigio con el ganadero en torno a ti o a tu literatura, me he entrometido en otros, como muchos de tus lectores. Las otras anécdotas, como la Talita que inventé en el cuerpo de una linda joven, serán cartas nunca escritas. Además, Hernán Lara Zavala, tan buen amigo como escritor, me pidió, “de preferencia”, tres cuartillas y veo que la pantalla me indica el inicio de. Sea, pues, en la Ciudad de México, cualquier día de abril del ‘94.

Cuento perteneciente a  La Gioconda en bicicleta, cuentos, Océano-México, 2001.

3 comentarios:

  1. Excelente cuento, para releerse sin descanso, maestro Guillermo Samperio.

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  2. Aquí te comparto mi Carta a Cortázar, frente a su tumba.

    http://blog.lahojadearena.com/2011/09/carta-a-cortazar-frente-a-su-tumba/

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  3. Excelente señor Samperio. Lo encontré en sus columnas de Día Siete, y debo decir que me agrada mucho su manera de escribir. Particularmente sobre los talleres de escritura es que me extrañó mucho su comentario, porque siendo yo una persona que intenta escribir seriamente me he dado de tumbos en la oscuridad tratando de buscar consejo o guía para ver si mi trabajo es de calidad y qué hace falta para mejorarlo. ¿Usted recomienda en particular algun curso o asociación de escritores que pueda orientar a escritores inexpertos como su servidor? Gracias

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