martes, 18 de octubre de 2011

Mi primer libro y La Flaca

Augusto “Tito” Monterroso (1974) nos dijo a los tres becarios que el primer libro que se escribía no se publicaba: debía destruirse. Al oír tales palabras, un fuego me abrazó, pues el escritor Jorge Arturo Ojeda del Instituto Politécnico Nacional (IPN) me había informado que fuera a recoger mis 50 ejemplares de Cuando el tacto toma la palabra, precisamente mi primer libro.

Con pena, le entregué un ejemplar a Monterroso y a Ruiz y Chumacero, los otros becarios. Varias columnas de cultura le dieron la bienvenida y, un par de semanas después, Tito me dijo: “No sé cómo le haces para escribir bien…” No era un elogio, pero ya conocía a Monterroso, lo esquivo era para él afirmativo; así que me elogió aunque fuera “mi primer libro”.

Quizá pensó lo mismo cuando en 1982 salió en Berlín (Fischer Taschenbuch Verlag) una antología (Josefina, bedien die Herren: “Josefina, atiende a los señores”, título del cuento de Cabrera Infante), donde aparecimos Tito y yo al lado de Rosario Castellanos, Clarice Lispector, Cristina Peri Rossi, Jorge Luis Borges y José Luis González, entre otros (as). Habían pasado apenas 8 años de su “elogio”.

Cuando descubrí que Cuando el tacto toma la palabra no se estaba distribuyendo, hablé con el Lic. Cecilio de la Cruz Pineda, un priísta reaccionario, subdirector de Difusión Cultural del IPN, y le pregunté al respecto; me respondió que mi libro era pornográfico y que atentaba contra las buenas costumbres. Era en lo último que yo pensaba; entonces, le entregué fotocopias de los comentarios públicos y le dije que si no lo distribuía, toda esa gente lo iba a hacer pinole. Pálido, me respondió que me llevara toda la edición para no mancharse las manos.

Yo mismo lo distribuí no muy caro, en especial en las primeras librerías que se pusieron en el Metro y salí ganando, pues se llegaron a vender algunos cientos y tenía para repartir en el medio literario. Unos amigos del grupo político me organizaron una fiesta por el libro. Yo estaba ya casado con Alma; le repateaba que yo fumara marihuana y que bebiera; lo segundo lo hice en la fiesta sin mayor problema y lo primero en el baño y, cuando ya se armó el grupito de motorolos, entre ellos una flaca como la de la canción de Jarabe de palo, nos íbamos a las escaleras del edificio.

Por ahí de las 3 de la mañana ya estaba yo bien crucheco (alcohol con hierba) y Alma tenía cara de camote morado y decidió agarrar un aventón que la dejara en nuestro depto. de La Viga, atrás de las pescaderías. Por mi parte, me puse a bailar con La Flaca y nos pasábamos humo gris y verde de boca a boca. Al rato nos salimos y como Alma y yo habíamos ya rentado un depto. en la Portales donde nos cambiaríamos en 15 días, ahí me fui con La Flaca.

Antes pasamos a una vinatería nocturna, de las de ventanita en la cortina de fierro, compramos una botella de ron añejo, botanas y cigarros. Llegamos a Portales y, al abrir la puerta del depa, sentí resistencia por dentro; volví a empujar, pensando que estaba Alma o un ratero, pero asomó la cabeza de mi primo materno Víctor Muñoz y hasta ese momento me acordé que le había prestado el depto para que fuera con su novia Rosa, quien se asomó tras él.

Me disculpé y La Flaca y yo nos fuimos a un hotel de la calzada de Tlalpan. En una camota seguimos pasándonos humo gris y verde, bebiendo cubas, haciendo el amor, y el amanecer nos agarró montándola yo mientras ella estaba bocabajo, gritando ella que le diera más y más y más. Como Rosa y Alma eran muy amigas, supe que le iba a chismosear y así fue. Cuando llegué a mediodía a La Viga, el escándalo se escuchó hasta la última pescadería.

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