viernes, 30 de marzo de 2012

De una acera a la de enfrente

Me compré un vestido azul para la ocasión. Hoy lo traigo puesto, mientras te escribo este mensaje. La cita no había sido confirmada, pero tení¬a ganas de verme en tus ojos de nuevo, de oí¬r tu voz sosegada, las pausas que haces.

Acababa de leer un cuento de Italo Calvino en el que el amante recorre al infinito una autopista en uno y otro sentido, imaginando a la mujer corriendo en sentido inverso. El encuentro, por supuesto, es imposible.

Y así¬ me la pasaba: atravesando la calle entre las dos Gandhis de una acera a la de enfrente, cuando me di cuenta de que las dos tenían cafeterí¬a y que te había citado en la cafetería de la Gandhi, sin suponer las dos. Yo preferí¬a que llegaras a la librería viejita, donde nos vimos la última vez. Confundí¬ tu melena con las de varios clientes. Después de todo, qué voy a saber con cuántas canas cuenta o si era más o menos larga. Pero ninguna coronaba tus rasgos. Luego, olvidé la melena y pensé que estabas enfermo, o si habrías engordado o enflaquecido; o que tu desmemoria se había profundizado. Que te había enviado el mensaje a un viejo e-mail. Pero aún así no podrí¬a confundirte. Insistía en pensar en que no me habías confirmado y que, en lugar de mandarte un simple mail, debí haberte hablado por teléfono para la cita y no se me ocurría llamarte a tu casa para decirte que ya estaba en la Gandhi.

Me reía¬ de mí misma atravesando una y otra vez la calle. Y decidí¬ mejor buscarte en el anaquel de literatura mexicana. Ahí¬ estabas, claro, en la S; junto a tus libros, un autor que no conozco. Ya olvidé su nombre de pila: quizás Humberto. Pero recuerdo con claridad su apellido: Saraya. Decía, en realidad, “Sara, ya”, me dije y entendí¬ el mensaje oculto o, con franqueza, tosco. Me reí¬ de mí¬ otra vez y me senté en la banqueta a esperarte una eternidad. Ya conoces mi obstinación y esta vez no me abandonaría. Pensé también que no habrías leído mi mensaje, pero no supuse que podría haberse extraviado en la madeja infinita del Internet, o que tu cuenta estaba sobrecargada de mensajes y que, en esos casos, rebotan al ilimitado territorio de la web infinita. Y yo allí en la banqueta; podrías llegar, tal vez, más tarde a tomarte tu café de siempre. Me puse a leer un libro de antropología.

Empezó una llovizna y no me moví; la llovizna se convirtió en lluvia y, ésta, en granizada. Yo seguía leyendo, aunque viera cómo mi libro se deshacía en mis manos. Se quitó la granizada y regresó la lluvia; se quitó la lluvia y regresó la llovizna; se quitó la llovizna y vino un aire fresco. Mi vestido azul seguía azul, pero mi libro de antropología se había convertido en libro de cañería. Llegó la noche y aún supuse que, tal vez, llegarías por tu taza de café capuchino cargado sin azúcar como recuerdo que lo tomabas, o que tendrías algún compromiso ya no conmigo porque nuestra hora se había extraviado en alguna de las coladeras cercanas como mi mensaje.

Cerraron ambas Gandhis, la vieja y la nueva, la de una acera y la de la otra, una frente a la otra. Se fueron yendo los automóviles y la avenida Miguel Ángel de Quevedo se quedó vacía. Me di cuenta de que los cuidadores de carros no habían puesto atención en mí, a pesar de que los autos se estacionaban cerca de mis pies y luego se iban y se acomodaban otros. Cuando hicieron cuentas de las propinas y se las repartieron, casi a un lado mío, se despidieron y ninguno me echó un ojo.

Me di cuenta que cerca de mí, se encontraban dos árboles. Luego pensé que, como vivías por el rumbo, quizás pasarías por aquí y me descubrirías de inmediato. Llegó la media noche y la madrugada y noté que mi vestido azul, debido a luz de los arbotantes, se veía medio verde. No supe en qué momento me quedé dormida, allí sentada, al lado de la Gandhi viejita.

Al amanecer, se me hizo extraño que no hubiera sentido frío, aún cuando me había granizado, llovido y lloviznado y que un viento casi helado recorría Miguel Ángel de Quevedo de oriente a poniente y luego poniente a oriente como el hombre en el cuento de Italo Calvino. Más tarde, como a las diez de la mañana, sin hambre, sin ganas de moverme ni bañarme ni cambiarme de ropa, descubrí que mi vestido azul se había convertido en verde; y no sólo eso, sino que además estaba de pie, tenía yo un tronco a mis pies, hojas y ramas de jacaranda a mi alrededor.

Llegaron los cuidadores de carros; uno de ellos se metió a la librería. Al rato salió con un bote, le echó un poco de agua a cada árbol de los que estaban junto a mí y, al final, a mí también me tocó un buen chorro de agua. Me sentí contenta, como con energías, regenerada. El muchacho del bote dijo: “Se está poniendo chula la jacaranda, ¿no? Los demás asintieron”. A cada momento que pasaba el tiempo, se me iba borrando la memoria; mi último pensamiento fue que tal vez a tu computadora se le había descompuesto la memoria y que por ello no habías recibido mi mensaje. Lo último que me dije fue que debí haberte llamado por teléfono para concertar la cita. Que no se hacen citas por Internet y menos a ciegas, y menos no confirmadas, y menos de un estado a otro, y menos cuandoes tan importante para una y menos y menos y menos y meno y men y me y m y

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