lunes, 9 de abril de 2012

Espejos

Cuando Alicia atraviesa el espejo no encuentra un mundo como del que viene; se introduce en un mundo raro. Podríamos decir, en rigor, que es el mundo en el que vive la imagen. Hay un cuento de Eliseo Diego en el que un hombre ha tenido la curiosidad de saber qué hay al fondo del pasillo reflejado; un día se decide y entra al espejo. Cuando avanza por el pasillo, la imagen del hombre salta hacia la realidad y quiebra el espejo, dejando encerrado al hombre en ese mundo raro del que no sabemos nada.

Quizá de forma inconsciente, tendemos a pensar que la imagen es lo irreal, algo ajeno a nosotros. Esto sería como un rechazo de nuestro reflejo debido a, tal vez, el temor de encontrarnos, como diría James Joyce. Pero también podría ser que en ese temor se esconda un miedo anterior, más antiguo, primigenio y a lo mejor hasta arquetípico, jungiano: el miedo a que el espejo nos robe el espíritu o nuestra esencia y, de ahí, que tendamos a rechazar la imagen que nos devuelve el espejo.

Cuando usamos el espejo para el arreglo personal, o para otro uso cotidiano, en rigor no nos estamos viendo en el espejo. Vernos en el espejo es ir ante él y observarnos unos diez minutos; esto puede generar un estado de alteración, sobre todo si nos vemos en serio, sin mentir. Sería, entonces, el temor a vernos a nosotros mismos y encontrar, en especial en la mirada, algunos retorcimientos interiores que nos develen ante nosotros mismos. Hagamos, para probarlo, la prueba de mirarnos diez minutos seguidos ante el espejo, es decir tener la valentía de mirarnos a los ojos. Tal vez ahí se diga algo semejante a lo que escribió Antonio Porchia: “No comprendo cómo el hombre puede ser el hombre. Porque el hombre es lo que hay en él y lo que hay en él no es el hombre”.

Según los psicoanalistas, cuando dos personas se miran a los ojos (y puede ser un instante nada más), la interioridad de cada uno pasa entera a la del otro. Esta operación no es conciente, sino ciega. Las personas más sensibles lograrán, a lo sumo, percibir una emoción sin palabras, lo que algunos llamamos “vibra”, que puede ser empática o de rechazo.

Pero ¿qué sucede cuando nos miramos a nosotros mismos a los ojos? Es muy seguro que se interiorice esa mirada que contiene lo que ya tenemos interiorizado, puede ser una revelación de nosotros mismos. Si bien nos va, la vibra es posible que resulte de simpatía, una emoción noble, pero ¿qué tal si la vibra es de rechazo? No quiero decir que uno acepte que está feo (nadie lo acepta), sino que ese ser que nos habita nos resulte incómodo. Hay quienes dicen que no es fácil tener la fortaleza de nada más verse en el espejo. O quizás como dice la recomendación de Porchia “No descubras, que puede no haber nada. Y nada no se vuelve a cubrir”. Yo, en lo personal, prefería no encontrar nada, que hallarme con un Guillermo tenebroso, contrahecho, o minusválido éticamente, o con un mundo raro, extraño, del que he permanecido distante.

En rigor, no necesitamos que la imagen se salga del espejo y lo quiebre para quedarnos dentro del espejo. Podemos vernos esos diez minutos, en la soledad radical, y descubrir un mundo, no como el de Alicia, sino nuestro propio mundo imaginario y empezar a vivir cargando con esa persona que vimos ahí dentro en el baño, en el ropero, o en el peinador.

Ojalá aplicara este otro pensamiento de Porchia: “Y si es tan veloz el cambiar de las cosas, cuando vemos las cosas no vemos las cosas. Vemos el cambiar de las cosas”. Lo que somos, conciente e inconscientemente, ya lo somos; los cambios interiores, espirituales, o sicológicos y emocionales, tienden a formar un mapa más bien inamovible. La electrónica cambia día con día, pero nosotros no; bueno, envejecemos. Será difícil, pues, seguir el dicho de un maestro tibetano: “Hay que leernos todos los días”.

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