jueves, 3 de mayo de 2012

El secreto


Los secretos no se dicen, afirma María Zambrano. Si se dice, no es secreto; cobra la forma de rumor o chisme. No esperes que el hombre que toma la palabra, en la tribuna o en torno de los comensales, revele algún secreto. Ni en la plática íntima con una amistad, ni al hermano, ni al padre. Woody Allen comentó que los secretos se dicen sólo en el psicoanálisis. Del comentario de Allen se implica que las disciplinas de la catarsis verbalizadora, oriental o de Occidente, se encuentran en la posición existencial de manifestar los secretos últimos de mujeres y hombres.

Sin embargo, las palabras así vertidas no trascienden, por decirlo así, su ámbito sagrado, hermético y vuelven a su cualidad de secreto. La colectividad se encuentra ayuna de éste e, incluso, ajena a la realidad del secreto. Pero la misma Zambrano explica la manera de hacerlo: los secretos se escriben, se narran. Con ello muestra una de las causas de la prosa literaria: se narra un secreto para la comunidad, para los lectores. La Carta al padre de Kafka y el De profundis de Wilde revelan secretos: la relación nefasta padre-hijo en Kafka y la añoranza y el amor homosexual en Wilde.

La estructura del secreto es compleja. Por lo regular hay varias personas en torno a él, un acontecimiento y un significado innombrables; es probable que detrás del acontecimiento exista una historia, o varias, intereses, espacio, atmósferas, olores. Quiero decir que el secreto es un núcleo de fuerzas expresivas cuyo mejor camino de salida es la narratividad. Si el secreto implica un hecho solo, el cuento y el ensayo son sus géneros literarios pertinentes; si se encuentran imbricadas varias historias, la ruta puede ser la noveleta o la novela. Y no importa que alguno de estos géneros cobre forma epistolar. De profundis tiene este tono, pero Carta al padre es ensayística.

Tribulaciones del estudiante Törles, la gran novela de Robert Musil, es uno de los testimonios portentosos de un secreto: un rito execrable de iniciación en la adolescencia. En otra gran novela, La campana de cristal, de Sylvia Plath ofrece el secreto de la destrucción cotidiana, paulatina, fatal, de una jovencita universitaria. Los siete locos, la excelente novela de Roberto Arlt, revela el secreto de un grupo de soñadores fracasados: la vergüenza de lo inútil; Aura, la noveleta brillante de Carlos Fuentes: la tran-sustanciación perversa. El guardagujas, uno de los mejores cuentos de Juan José Arreola: el abandono del hombre en lo inmemorial.

El análisis sustenta, pues, la idea de María Zambrano, pero el asunto de lo secreto es sólo una parte de lo innombrable. Hay sustancias que se encuentran por debajo de lo secreto, sucesos desapercibidos, inconscientes, severas emociones desconocidas, ideas sin posibilidad de comprobación, cuya sustancia sucede, en la mayoría de los casos, en silencio. En este caso, como también lo expresa la Zambrano, la poesía es capaz de atrapar sustancias inasibles, ya que la imagen poética puede nombrar lo huidizo (el tiempo, por ejemplo), lo ambiguo, los fluidos abstractos. Es verdad que sólo se trata de una metáfora, una alegoría, o una parábola de lo innombrable, pero es su mayor acercamiento. Muerte sin fin, de José Gorostiza, logra transmitir el vértigo de lo infinito. Algo sobre la muerte del mayor Sabines, de Jaime Sabines, nos hace presente la muerte, como si estuviera a punto de tocar tu puerta.

Quien en este siglo se ha acercado con mayor fuerza a lo innombrable es Samuel Beckett. Lo innombrable tiene todavía otra sustancia debajo de lo huidizo. Un personaje de Beckett espera, aguarda, y sólo aguarda, espera. La pregunta ¿por qué espera? es impertinente porque, con la respuesta, se haría un círculo vicioso: espera porque espera. Pero, por qué espera. Porque espera. Otro personaje no sabe dónde, o cuándo. Y no hay más allá: su situación existencial es no saber dónde, o cuándo. Estamos, en definitivo, ante una opacidad donde lo innombrable no puede hacerse presente. Es el rostro oscuro del significado, la imposibilidad de su función. O como lo diría el protagonista de El innombrable, de Beckett: “Puesto que no se sabe de qué se habla y no cabe detenerse a reflexionar en ello, felizmente, felizmente...” El secreto se escribe; la sustancia última de lo innombrable, el no. Vuelta al silencio, al secreto.

1 comentario:

  1. A partir de ahora pensaré más de dos veces decir un secreto...GRACIAS por su narrativa, poesía...por sus líneas querido amigo FB...ya ando por acá también!!!

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