martes, 22 de mayo de 2012

Fuera del ring


Rodolfo entró en la cantina, no preguntó por nadie; sólo se quedó parado frente a la barra. En el rincón opuesto, en la penúltima mesa, estaban dos hombres: su mánager y un joven. Rodolfo pidió una cerveza, pagó de inmediato y, al apurar el vaso, algunas gotas mancharon su corbata de flores guindas y sepias. En el espejo buscó su cara, un tic en el ojo izquierdo se generó al no encontrar huella de sus facciones. Sólo se reflejaban en el espejo la parte sin etiqueta de las botellas; se limpió la boca con el antebrazo y esta vez manchó la manga de su traje de lino beige.

El mánager lo saludó levantando su vaso, el joven le sonrió de manera afectuosa. Rodolfo no contestó el saludo de ninguno; siguió parado delante de la barra, flexionó una pierna para apoyar su zapato café en el tubo. Al tomar otra cerveza insistió en encontrarse con su cara; en tic fue más pronunciado al notar que la nuca del cantinero sí estaba dentro del espejo. Levantó un brazo como para acomodarse la camisa amarilla fuera del saco y comprobó que ni siquiera el brazo se reflejaba.

En su mesa, se preparó una cuba de ron Castillo. Masticó unos cacahuates.

--Se me hace que Rodolfo ya leyó las últimas noticias –dijo, señalando un diario en que el mánager recargaba el codo.

--Trae una cara de loco que no puede con ella –dijo el mánager.

--Ni nos saludo, debe andar encabronadísimo –dijo el joven.

--No me extraña, a ver cómo me lo toreo –dijo el mánager.

Rodolfo caminó hasta la penúltima mesa y, rascándose la oreja con el meñique,

--Tiene usted muy poca madre –dijo.

El mánager quiso decir algo --, manito –dijo el joven— qué te pasa.

--Tú sabes que los periódicos nunca dicen la verdad –dijo el mánager.

--Tiene usted muy poca madre –insistió Rodolfo, queriendo agregar alguna inmundicia, pero las palabras se atoraron entre sus dientes.

--Conque me le salí del guacal, ¿no?.

A cantina quedó en silencio, el ruido de un escape y la música de un organillero entraron de la avenida Guerrero. Rodolfo tomó de la solapa al mánager, lo sacudió cuatro o cinco veces y, al soltarlo el mánager fue a caer debajo de la última mesa, tirando el cenicero y los vasos que sobre ella estaban. El joven intentó detener a Rodolfo, pero éste, de un manotazo, lo aventó hasta la pared.

--Conque usted no sabía nada de nada.

--Rodolfo –gritó el joven al descubrir que Rodolfo sacaba un bóxer de la bolsa del saco, colocándoselo entre los dedos.

El mánager intentaba incorporarse cuando Rodolfo tiró el primer golpe, el mánager volvió a caer mientras una gruesa mancha de sangre aparecía debajo de oreja. Con esa manía tan conocida en él, Rodolfo levantó los puños a la altura de los pómulos. Al restregarse la cara con la mano izquierda no sintió la nariz; después intentó tocarse los labios, pero tampoco descubrió la boca: miró a su alrededor como buscando una respuesta. El mánager, debajo de la última mesa, sale, se pone de rodillas, saca una pistola y dispara cuatro veces contra el pecho de Rodolfo.

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