jueves, 27 de septiembre de 2012

púrpura transparencia con horizonte sombrío

en la noche agraviada por las sombras mobiliarias de la factoría zaherido, sólo un manchón rojizo atravesaba la niebla de mis ojos insomnes, casi un bosquejo escarlata, rubí oscuro, próximo a lo sanguíneo, tal vez el encrespado bonsái púrpura de tu cabellera recargada en el almohadón aquel de lienzo gris que trajimos del último viaje al sur, por la ventana amplia un amarilloso resplandor del horizonte accidentado de la ciudad donde nos prometimos fenecer, mi cuerpo extendido sobre el mosaico pinto de los cuarenta, el improvisado cojín horrendo de flores verduscas y nochebuenas, una burla para el tornado de mi mente en el que giraban, aturdidas y pasmadas vacas, techos de lámina de casas débiles, ramas de jacarandas que sus dueños ya añoraban, banderas arrancadas del mapamundi revoloteando, tierra que se mezclaba con el granizo y el agua, farolas apagadas, perros que habían extraviado su ladrar, libros deshojados de fracasadas filosofías, sobrevolando cortinas de lino sepia ensangrentadas, cajones de archiveros descorridos con brazos amputados, bisoñés de calvos vergonzantes en su navegación violenta, ya hecho el lodazal macilento girando en la médula de mi tórax, y de pronto el batir de colosales alas de un águila blanca, el sonido distante del mar tropezando ligero con el acantilado, un aire fresco que cubrió mi cara ansiosa, un olor salino como brotado de la entraña arcaica de un caracol petrificado, en la prieta noche sobre la luz amarillosa del horizonte se mostró el filo curvo de la luna, el águila real fue expatriando con severidad el tornado, el manchón rojizo se hizo nítido sobre la almohada gris, tus ojos náuticos lloraban una infusión de dolores antiguos, una pintura mía y una café oscuro comprada te miraban con desconsuelo, se lamían una a la otra en las orejas, en el cuello, en sus espaldas, mis ojos fueron entrando en una negrura de finitud, tus párpados cayeron como breves conchas agotadas, un agua vidriosa caía de los muros de la factoría y de tu recámara, caballos de mar jinetearon sobre tus cabellos, yo no supe cuándo el águila real despedazó la ventana amplia porque en mi sueño vi una tropa de dorados peces voladores, que iban saltando tras un pez espada y, ya muy cerca, se aproximaba una canoa desde la que un delgadísimo hombre requemado me lanzó una amarra y al fin mi mano la sujetó mientras tu cara esbozaba una media sonrisa como si los estambres del calamar sereno en tu dormitación te tatuara sobre un muslo mi nombre que siempre olvidaste como mi aliento como mi palabrerío, el sonido del fluir del agua fue creciendo, las cosas metálicas se hicieron de hogaza, un silencio calmo se expandió en mi ánima, sólo el inaudible silbo de un ave traslúcida me amparaba, la limpidez del vacío esfumó los colores umbríos de mi entorno y, en tanto el cosmos empezaba una fecha nueva, yo iba ya en la canoa y no supe más, mientras el hombre requemado tarareaba una leve canción del puerto más viejo de este lado del mundo

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