viernes, 5 de octubre de 2012

La letra que perdió su nombre


De la polvareda de los días van surgiendo los caballos, sacudiéndose las crines lamosas. Ese humo fiel que van atravesando, como última niebla, se levanta del desierto de la desmemoria.

Así los he entrevisto en la añoranza, cuando el lechero le servía la leche a mi abuela desde botes de metal, en tanto el caballo miraba los automóviles de salpicaderas enormes de los años cincuenta. Pero tal vez sea un desconsuelo antiguo el que me empuja, antes de los caballos, surgiendo del ensueño, a punto de asomar la cabeza en la tolvanera, galopando, firmes, sin nombre, rotundos, sin prisa, como si sus cascos fueran una certeza del camino donde saltan piedrecillas a su paso, su destino en la ausencia de jinetes.

Tal vez sean potros educados más allá del humo, sin reparos ni relinchos, un galopar silencioso, como un documental de Discovery Chanel sin música, sin locutor, sin Discovery Chanel, discretos, la figura alargada un tanto, intuyendo la impaciencia, el sueño que los sueña, pero dignos. La crin relamida por el ventarrón histórico, al encuentro de un aire misterioso, viento de temporalidad que horadan a fin de abrir camino solitario que se cerrará de golpe apenas lo abran sus piernas sudorosas.

Quizá por ello los territorios que van dejando atrás se me ocultan. ¿Vienen de pueblos de magia, ritual, adivinación, azar, de lo embozado, o son solamente indicios de lo recóndito? Tal vez esto explique que medio cuerpo se vaya ocultando, como si galoparan, briosos, ante mi deseo y mis conjeturas, mi ridícula vergüenza. El caso es que, desde mi ventana oval de mi torreta, sólo puedo ver el instante de la niebla que transitan hacia mi territorio, pero detenidos, como caballos de madera. Quizá nunca llegue mi caballero. Desde aquí no distingo sus razas ni sus cabezas tamizadas por el polvo. Tal vez si me acuesto en la cama matrimonial y sueño con ellos, logren pasar el muro de la tolvanera de estos siglos.

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